domingo, 1 de enero de 2023

19 LA GUERRA CONTRA LOS HUMANOS: Padre… ¿Por qué me has abandonado?

 

Colaboración con Hans Rothgiesser.

 

13,8 billones de años después del big bag y un trillón de años antes.

 

—¿Los heréticos han ganado? —preguntó Orson.

—No —respondió Anthonio—, no es por ellos que nuestro dios está enfermo.  Hay otro enemigo.

       Los tres caminaron lentamente hasta el altísimo altar. Su serena elegancia conmovía. Cuando estuvieron a una distancia prudente, Anthonio, más alto que ambos militares que ya eran grandes, dejó de caminar.  Padre y Orson lo imitaron. Ninguno de los tres dijo nada. Esperaron a que los sacerdotes principales que discutía en voz baja en el altar los notaran. Ésa era la manera.

Por suerte, no se demoraron mucho. El sacerdote principal de la fe que gobernaba esa ciudadela se quedó callado un momento y luego se volteó hacia Anthonio.

“Dígame, diacono Anthonio”, habló en una voz muy débil, propia de un hombre de su edad. “¿Es este el soldado que mencionaste? ¿El que hablo con el abiótico?”

“Teniente, señor”, se presentó el mencionado con un saludo militar. Estaba emocionado de por fin servir directamente al Sacerdote, sin tener que tratar con el incompetente de Orson como intermediario ni con el siniestro Anthonio. Este, a su vez, se dio cuenta de que estaba siendo desplazado. No obstante, antes de que pueda decir algo, el anciano comenzó a hablar. A Padre eso le pareció bueno.

       “A lo mejor ya le hayan informado de nuestra situación, pero de todas maneras deseo repasarla con usted, por si tiene alguna sugerencia al plan que hemos trazado. Usted será el responsable de ejecutarlo. Eso quiere decir, teniente, que el destino de nuestro dios estará en sus manos. Es la primera vez en la larga evolución de su vida eterna que esta depende de uno de sus hijos. Aunque siempre dependió de todos y cada uno. Es en el fondo un dios frágil. De usted dependerá que el futuro sea nuestro o de esas abominaciones tras-naturalistas, que le han declarado la guerra”

       Padre tuvo en ese momento sentimientos encontrados. Por un lado, se sentía nervioso, por otro emocionado. De todas maneras, sabía que esto era algo bueno. Pero también tenía una teoría, “ellos” los otros no eran seres vivos realmente, no eran unas formas de vida más evolucionadas sino algo diferente, quizás la vida (el dios) no era lo mejor que había evolucionado en el universo. Quizás la vida era como un eslabón perdido entre la materia y la conciencia cósmica, y ellos… Pero lo rodeaba lo sagrado. Y cometía un pecado al dudar de sus convicciones por la que había peleado todos los días de su vida. Pero también estaba su hijo… 

       “Sabemos que pedimos de Ud. más de lo que deberíamos —dijo el anciano sacerdote a Padre—. Pero debe entender, hijo, que tú eres soldado en una guerra que está durando ya muchas generaciones. Y que la vida es más importarte que nosotros, los seres vivos. Que la única utilidad de que respires o mueras es para dar vida eterna a la molécula germinal, nosotros somos la rueda que hace avanzar ese linaje infinito que es la vida, el dios.

       Padre sintió que cometía en secreto el pecado más grave. Sentía que su abstracto hijo era más importante que aquel abstracto linaje. Y eso era una prueba más de que el dios moría.

Anthonio lo miró con frialdad adivinando sus dudas.

—Todos los grandes héroes han sido perdidos. Ya no tenemos gente en quién confiar.  Oficiales como tú, ya casi no quedan. Así que es con mucha pena que te pedimos lo que estamos por pedirte, te pedimos que mueras por nuestra fe.

       Esto sonaba cada vez más como una misión suicida, pensó Padre. Pero no le preocupó. Si su muerte significaba la victoria definitiva de la vida sobre ese nuevo enemigo, no habría nada que lamentar… pero y ¿si estaban equivocados?

“Como quizás sepas, los heréticos están a perdiendo esta guerra, su obsesión con el incesto, incluso entre gemelos, su tolerancia con la otra especie nefanda los va pudriendo genéticamente. Algunos opinan que deberíamos esperar solo 7 generaciones para vivir en armonía una vez los hallamos matado a todos. Pero hay razones para creer que hay otro enemigo aún más peligroso. Entre estos herejes tenemos algunos informantes que nos han permitido acceder a inteligencia vital sobre ese nuevo y misterioso enemigo.

—¿El hombre que fusilé?

—Sí.

—El hombre que fusilaron no era un traidor sino un contra-espía.

—Tuvimos que fusilarlo para que los herejes no sepan del otro enemigo y se cuiden de él.  

—¿Quiénes son esos otros?

—Al parecer Ud. interrogó a uno de ellos, lo llamaremos trans-humano. Nadie sabe de qué región del planeta vienen o si acaso son una especie extraterrestre. Ya ha habido varios viajes de exploración en su búsqueda. Todos infructuosos.

Padre supo que estaban equivocados.

—Varios síntomas en la enfermedad del dios nos han alertado que son una civilización que construyó un arma anti-biológica final.

       El sacerdote lo acercó al dramático altar que tenía algo de gruta milenaria, en sus alturas había una de las imágenes más sagradas y tabú del dios, solo las personas más poderosas o los moribundos podían verlo. Divulgar su estructura o explicarla era castigado con la muerte y precedida de una legendaria tortura.

Padre alzo los ojos y contemplo reverente la fórmula de la vida, el cuerpo lógico-matemático del dios.

 

x = ((Rx ^ Ox) →Vx)

 

—Esa es la imagen del dios, sus partes y su estructura. No está claro cuál es la parte que atacan los trans-humanos. Envilecer una parte de esta fórmula es matar la vida.

—¿Que significa X, R o V? entiendo que la formula dice que, para todo fenómeno x, si x tiene la característica r y además la característica o, entonces x es el dios. Destruyendo R o O los otros pueden acabar con la vida. Pero ¿qué es O o R?

—Aún no puede saberlo. Quizás nunca debas saberlo. No se sabe cómo eso está matando el centro mismo de nuestro dios, esperamos su vejez y desaparición próxima, somos ahora como las células con vida de un cuerpo que acaba de morir —agregó un anciano más pequeño y viejo, retraído a un éxtasis místico perpetuo.

—Quizás la vida continúe en ellos.

—No. —Explico erudito Anthonio— Al parecer ellos no son vida realmente. Son artefactos bioquímicos, no entendemos cómo funcionan. Sabemos que Ud. ha visto uno. Por eso iremos a su mundo y averiguaremos la cura para el dios. Primero han de averiguar cuál es el arma que diseñaron, que parte de la formula atacan y si hay una cura.

—“¿Qué tanto sabe usted de genética?”, —preguntó otro de los tres sacerdotes, con un aspecto tan delicado que parecía una vieja enferma. Padre negó con la cabeza. Ante esto los otros dos ancianos se quedaron preocupados. Anthonio tuvo que salir a su defensa.

“¿Qué tan necesario es que sepa de la siencia? Lo que necesitamos es alguien que sepa algo de los tras-humanos. Y de eso el teniente sabe más que nosotros” yo me encargaré del pecado.

—“Mucho me temo que no es tan simple, Diacono Anthonio”, —la voz del Sumo Sacerdote era muy tranquila y relajante. No obstante, claramente estaba hablando de asuntos terribles.

—“Antes de que vuele todo en pedazos necesitamos que se asegure de que está destruyendo las instalaciones adecuadas. Esto es demasiado crítico como para no estar seguros porque es mortal esa arma.

—Sabemos por la doctrina natural que esa fórmula no habla de genes sino trasciende a ellos” —refutó delicadamente Anthonio— “Yo lo averiguaré, he estudiado el pecado de la siensia y usare su mala magia contra sí misma”, —dijo.

Los dos ancianos levantaron las cejas en sorpresa, mientras el otro místico seguía rezando como un esquizofrénico:

…5'-AAA GTC TGA CAG TCG TGT TCT GAC AGT CGT GCT GCT GTG AGT TCT GAC AGT CGT GAA GTT-3¨…

Sus ojos vueltos en blanco dibujaban un desagradable gesto femenino, que hacía eco en el sobrecargado hábito, aderezado de vulgares lujos y en unas uñas larguísimas y pintadas.

Orson lo observó si comprender lo que pasaba.

—“Hijo. ¿Está usted consciente de que esta es una misión sin retorno?” —preguntó el Sumo Sacerdote. Padre no pudo dejar de notar la ironía de que a él nadie le haya advertido al respecto.

—Lo sé —respondió Anthonio—, y entiendo la seriedad del asunto.  Si no encontramos el antídoto, la vida llegará a su fin”

Padre notó que Anthonio se ponía nervioso. Y no era para menos. El conocimiento que utilizaba el enemigo era muy avanzado. Se necesitaba un tipo especial de ser humano para entenderlo. Uno que era preparado desde pequeño. La única institución que aún mantenía la suficiente información como para poder captar niños desde temprana edad para esa vida era la Santa doctrina del dios. Toda la obra censurada de lo que una vez se llamó siensia era almacena y estudiada por estos fervorosos hombres. Anthonio pertenecía a esa orden que había estado de cerca de esas herejías como el inquisidor está cerca del diablo. 

 

—“Los detalles de la misión serán resueltos por el capitán Orson”, continuó hablando el Sumo Sacerdote. “Esta misión tiene la más alta prioridad, pero debe mantenerse en el más estricto de los secretos. Sabemos que los transhumanos, de existir, tienen espías entre nosotros”

       Anthonio disimulo una imperceptible incomodidad.

       Padre frunció el ceño y se volteó hacia Orson. Nunca había pensado en eso. Como el buen soldado que era, jamás había pensado en esa posibilidad. No obstante, ahora que lo pensaba, encontraba que tenía sentido.

—“Cómo es posible que hayan estado invisibles es algo que no puedo comprender”, comentó el anciano de voz aflautada y mirada femenina. “¡Le dedicamos tantos recursos a entender a los heréticos y ahora los trans-humanos! ¿Cómo es posible que tengan espías entre nosotros y no lo sepamos?” —dijo con cierta histeria sobreactuada.

—“Ése no es el problema”, respondió Padre. “El problema no es su invisibilidad sino su superioridad”

       Un escándalo removió los castos corazones de los tres sacerdotes.

—“Que es solo tecnológica” —comentó el anciano místico y de ojos nebulosos, dejando sus oraciones, pero sin mirarlos.

—“De hecho, no es solo tecnología. Es otra forma de pensar que parece alguna vez nosotros también tuvimos y que hemos ido perdiendo. Ellos parecen ser lo suficientemente inteligentes como para explorar mejores formas de entender el mundo, tienen otra epistemología”, comentó Padre, algo que llaman conocimiento. “Nosotros, en cambio, le dimos importancia a otras cosas”

—No sea hereje— susurró temblorosa la voz cobarde de Orson.

—El conocimiento, no existe —dijo Anthonio toscamente—, solo es una ilusión, pero estratégicamente combatiremos el fuego con más fuego” es decir con siensia y después apagaremos ambos y esta vez para siempre, el “conocimiento” solo es una suposición útil transitoriamente. Acabada su utilidad solo quedan palabras huecas. Como sea, físicamente son humanos, los espías que ellos tienen entre nosotros también, convertidos…— agregó Anthonio que empezaba verter su veneno en forma de sospechas sobre Padre.

Padre entendió la amenaza, lo pensó unos segundos y después se sintió obligado a intervenir. Lo mandaban a morir, es más a ya no conocer a su hijo.

—“no podemos entenderlos, pero el prisionero parecía entendernos a nosotros a la perfección”, —dijo.

Todos lo miraron detestándolo.

jueves, 24 de noviembre de 2022

18 EPISTEMOLOGÍAS ARTIFICIALES: Ayazx

 


 Un trillón de trillones de años antes…

 

Las oscuridades del almacén se rayaron con una franja de luz intensa, era día de ventas, yo había envejecido ya mucho. No había riesgo de ser comprado. Ni esperanza. Ya sabía que los padres no venían por sus hijos sino extraños. Era mejor no ser comprado. Los míos debían haber muerto, me resultaba insoportable suponer que estaban vivos y no me buscaban. Pero tampoco nadie buscaba a sus hijos, solo venían extraños, no todos podían haber muerto. Y definitivamente todos los niños juguete eran hechos de 2 hombres, ¿era acaso posible que no les importase? acaso si venían, pero muy tarde, luego de ya ser vendidos, felizmente nadie venia por mí. Pero un minúsculo temor siempre me oprimía hasta terminar el día de comercializaciones. No conocía otro mundo.

Por la franja de luz blanca apareció una figura ruda. Camino muy paciente por entre los almacenes, era normal, empezaba en los lotes más valiosos, pero parecía que no le importaba el precio pues buscaba también en los más baratos.

—Podemos hacerle una oferta —digo el Gnomon ansioso de vender algo, llevaba semanas sin vender nada y durmiendo sin comer—, a pesar de su costo superior los rebajaré, hay varios que pueden servirle bien.

Pero Ayazx no le contestaba y buscaba calmo y decidido.

—No podemos permitir que escoja si damos una oferta así —dijo Diomedes—. Cualquiera le servirá igual. ¿Ha venido solo?

 ¿su erómenos no lo ayudará a decidir? ¿Esta Ud. solo? Criar solo es una carga y la idea de estos juguetes es entretener.

Así pasaron horas, los almacenes eran realmente grandes.

—Nunca compra —dijo impaciente el Gnomon a Diomede— y sé que lleva meses manoseando la mercadería de otros comerciantes.

—¿Y qué quiere? —le pregunto a Ayazx el Gnomon.

—Ahora, ser sordo.

Quizás por diversión Ayazx decidió examinar los saldos. Ahí todos los niños éramos feos o con algún defecto importante. O muy débiles para ser comprados por las fábricas como mano de obra.

Ayazx se rio de algunos defectos graciosos, y jugueteo con algunos niños y su torpeza. A pesar de su inmenso cuerpo, violentamente abultado de músculos, sus ojos se volvieron tan niños como los de estos en su juego. Ya era una rutina para él esa investigación de años, apoyaba su tester genético sobre el chip que llevaba cada jaula, y luego divertidamente se despedía del niño, con algún gesto burlón.

Yo no le parecí gracioso así que siguió de largo sin mirarme, pero antes de pasar de frente apoyó su tester en mi chip. Dio unos pasos más y quedo inmóvil, estupefacto. Regresó a mirarme, no podía ser, no quería que fuera así, pero por fin se decidió. Regresó hasta mi jaula. Yo lo miré fascinado, nada más fascinante que los adultos. Este parecía realmente grande, y de rasgos severos y temibles. Daba miedo, aún más que ese mundo inconcebible al que podría llevarme quien sabe para qué. Aunque era imposible que me quisiera llevar. Aterrado me aferré a los barrotes posteriores de la jaula. Deseando con toda el alma que se fuera.

       Diomedes se acercó. Tanto él como nosotros nos habíamos encariñado. El lote llevaba años sin vender y él sin cambiar de puesto. Era tan inservible como nosotros. El Gnomon también se acercó a abrir la jaula y el gigante metió su mano y agarró mi brazo.

—Déjeme a mí —dijo preocupado Diomede.

Delicadamente me sacó, mis delgadas piernas casi no podían sostenerme en el pasillo, era helado y tirité. Diomedes me miró despidiéndose con ojos húmedos y enrojecidos. Y dijo en mi idioma:

—Eres afortunado, sí conocerás el mundo, es algo mejor que este.

No quiero ir —le dije aterrado de conocer ese mundo de afuera y me apoyé contra su barriga, cubierta de sucia ropa. Sentí, sin equivocarme que ese soldado enorme no era uno de mis padres. Ni un solitario con deseos de tener un hijo.

—Estarás bien —dijo entristecido y sentí que su enorme barriga aguantaba el deseo de llorar.

       Los ciudadanos solitarios (sin eromenos) que compraban niños juguete, eran muchas veces sádicos o pervertidos. La trans-meta-corporación no tenía compasión de los humanos y menos de nosotros que según decían éramos golems, o sea seres sin alma. Diomede, en otro caso habrían tratado de engañar al comprador y no venderme, pero temió hacerlo por el aspecto terrible de Ayazx.

—Hay una cuarentena. Así se aclimatan al mundo real. Déjelo un par de días. Debemos preparárselo —dijo el Gnomon decidido a ayudarme.

—No —dijo Ayazx—, yo le enseñaré que es el mundo. Ahora es mío.

Me arrastró, sin darme chance de intentar mis primeros pasos, ya había pagado y no creía necesario más trámites. Sin tiempo de prepararme fui sacado a la luz por primera vez. Afuera las cálidas sombras y ruidos usuales desaparecieron y dieron paso a un sinfín de colores y formas caóticas, signos y colores abstractos que no podía entender.

—¡No! —grite en mi idioma al hundirme en ese caos y ver las figuras de Diomedes y del Gnomon empequeñecerse y desaparecer.

¿Así de feo era el mundo real? terribles ruidos y colores que nunca había visto me enterraron, todos informes como el dibujo de un loco. Abrí los ojos lo más que pude, pero solo caos y formas sin sentido los abarrotaron. Ese fue el primer día con mi padre. Había pasado demasiado tiempo en el almacén y mi cerebro ya no era capaz de concebir de verdad el mundo y así fue hasta el último día de mi vida, mi cerebro era medio ciego, pero lo más invisible para mi serían siempre los seres humanos, sus emociones, que jamás llegué a entender con claridad.

Después del miedo, nació en mí una esperanza, una pequeña alegría y emoción de ya tener padre, siquiera uno de mentira, alguien a quien querer y por quien ser querido, de ser nada pasaba a ser algo importante para alguien, lo más importante… no sabía cuánto me equivocaba.

domingo, 6 de noviembre de 2022

17 VIAJEROS DE LA ETERNIDAD: Thalos, el otro hemisferio de mi conciencia.

 


 Trillones de trillones de años después…

Luego de semanas de muda y lejana compañía con Thalos, tome la decisión. Luego de años podía controlar parte del Thecnetos, no lograba comprenderlo del todo, pero podía usarlo, sabía que sin el Theknos-Herakon la maquina moría. Y acaso por ello cada vez que la usaba sentía que sus hierros deseosos de revivir me invitaban a reemplazar a su guardián, había sido diseñada para funcionar solo con él y con el Emisario, ambos desaparecidos, así que si yo lograba hacerlo funcionar esto significaba 2 cosas:

1.-El Emisario estaba todavía vivo.

2.-La máquina me confundía con el technos-herakon, su personalidad mecánica tomaba control de mí y así el Thecnetos recobraba momentáneamente su homeostasia mecánica. No sé, el Theknos-Herakón fue mi epi-clon, no era difícil remplazarlo y parecía inofensivo hacerlo ya que había muerto. Pero mi semejanza con mi enemigo me perturbaba. Mi enemigo me miraba sombríamente desde dentro de mí.

Así, para poder usar al Thecnetos, jugué a ser Herakón. Las maquinas se comunicaron conmigo y yo con ellas intuitivamente, el Thecnetos estaba diseñado para mí, o lo había diseñado yo para mí, Herakón solo pudo manejarlo dada su semejanza conmigo. Así que preparé una región de sus instalaciones para mi plan con Thalos. Este se concentraba en canibalizar un enorme animal mecánico, casi inmóvil pero aún vivo, aprovechando su concentración me le fui encima y logré reducirlo y aprisionarlo arrancándole una a una las extremidades. Thalos era pequeño pero fuerte, luchó por su vida tenazmente pero pronto logré desarmarlo lo suficiente hasta que no tuvo apéndices con que luchar, pero, aunque en parte desintegrado, luchaba frenéticamente hasta y que llegue a su fuente de energía, el notó que erradicaría su vida y zumbo de terror. Yo empecé a terminar de desarmarlo, ya estaba casi inmóvil y por fin quedó inerte. Con rudimentarias herramientas logré llegar a su centro nervioso y empecé a estudiarlo, era muy distinto al humano o al de las maquinas inteligentes, la evolución no es tacaña en originalidad y complejidad, no me asombro su belleza y diseño orgánico, todo ser vivo es complejo y admirable, incluso este hecho de metal. Al empezar la vida esta empieza a acumular orden y complejidad hasta el infinito, por eso, la ciencia más inconclusa es la biología, pues su objeto estudio es de complejidad infinita, que la mente finita no puede entender. El universo se desordena mientras la vida se ordena más y más, caminan en sentidos inversos, por eso el ser vivo y el mundo son opuestos, la vida es una máquina que viaja al pasado más ordenado y puro del cosmos. El tiempo corre ansioso hasta el absoluto desorden que es el futuro. Por eso vida y cosmos no solo son antagónicos, son enemigos. Y como muchos enemigos, se necesitan...

Solo sentimos ese ilusorio fluir del tiempo porque la vida y el cosmos viajan en sentidos contrarios como dos vehículos que se cruzan, si ambos tuvieran una misma dirección no sentiríamos el tiempo, como las cosas inanimadas, sentiríamos solo la eternidad. Pero la evolución de la raza de Thalos en el interior del Thecnetos había sido más larga que la de los humanos y así, era más complejo que nosotros, pero luego de un afiebrado trabajo logré mi propósito: entenderlo y modificarlo. Ahora tenía un esclavo y acaso un amigo.

Acabado mi trabajo lo reanimé y le devolví sus apéndices. Emitió una serie de chirridos y emisiones caóticas, pero ahora yo las podía comprender perfectamente. Y él hablaba ya mi lengua y pudo, para su sorpresa, comprender la mía.

Vuelto a la vida y sabiéndose a mi merced habló.

—¿Que desea?

—Necesito un guía en este planeta, sé que tú lo conoces.

—Solo conozco el interior, la superficie es extraña para mí. Le soy inútil ¿Por qué realmente me has aprisionado?

Supe que no sería útil, ¿acaso lo había reanimado para no estar solo?

—¿Que busca?

—A alguien.

—¿Por qué lo ayudaré?

—Yo te ayudaré a mantenerse vivo.

—Soy un parásito. No necesito su ayuda para obtener energía.

—Los cadáveres pronto escasearán. Si me ayudas y eres mi esclavo te ayudaré a no morir nunca.

La máquina pareció comprender y acepto.

—¿Me alcanzara la vida para gastarme una eternidad? —dijo irónico y desconfiado.

—Tu servicio será muy largo.

Comprimió sus raras formas mecánicas y logro acabado diversos movimientos complejos meterse entre unas máquinas, y sacar de él el cadáver de un animal mecánico aún vivo.

Con horror vi como lo despedazo buscando un modo de parasitarlo.

—No hace falta eso ya. Tu organismo tiene suficiente sustento que le he inyectado.

—Tampoco a ti te hace falta buscar lo que buscas, pero lo haces —dijo perturbadoramente.

Me aterró su astucia y lucidez. Era obviamente un animal inteligente. Lo dejé profanar espantosamente ese cadáver. Después le conté en términos que entendiera mi origen y mi búsqueda.

       Él, desinteresado, no comentó mi relato, pero día a día escuchó la trama de mi tristeza. Sé ahora que comprendió a la perfección. Ese relato podría llamarse Thecnetos, creo que un día Thalos lo escribió y lo perdió en uno de los muchos mundos que visitamos, no sé para qué o para quien.

16 LA GUERRA CONTRA LOS HUMANOS: La otra especie

 


 

A 13,8 billones de años del nacimiento del tiempo…

 

Los bombardeos habían empezado. Quien disparaba no se sabía. Al fondo se veía un número de siluetas protegiéndose del ruido, no se sabía si eran de esta o de la otra especie. Eran seres delgados e imberbes, sin embargo, no parecían jóvenes. De cerca se notaba que sus bigotes y bellos estaban dibujados con artificio, incluso trasplantados. No eran realmente hombres, pero parecerse a ellos era su obsesión de travestidos. Una raza deseando ser otra. Como todo travestismo era una mentira para parecer más normales, más aceptables a los roles permitidos por esa sociedad de hombres, el travestismo es básicamente fingir, una mentira insistente, dirigida principalmente a sí mismas, pero que nadie creía. Pero en la que insistían hasta quebrarse. Era la otra especie simbiótica. O lo fue, según la secta de la memoria, en el pasado esta especie convivió simbióticamente con el hombre. En la larga evolución subterránea de la humanidad esta raza se especializó únicamente en la reproducción, perdiendo cualquier  otro atributo, y sin desarrollar ninguna capacidad más que esta, atrofiando todos los demás rasgos humanos, los hombres crearon la dos bio-religiones con sus sofisticadas teologías y montaron el mundo subterráneo y sus guerras profundas y estratégicas, y antes del desmoronamiento de la especie humana, habían creado todo el mundo abstracto que nos diferenciaba de los animales, ellas solo se dedicaron a engendrar y a dominar el mundo emocional requerido para cobrar por ese servicio y para sobrevivir en una sociedad donde la fuerza y la inteligencia, a la que evolutivamente habían renunciado,  dominaba. 

Pero empezó la reproducción artificial entre hombres, la otra especie perdió su utilidad y con ello su atractivo, su dominio de las emociones y su manipulación, debió desarrollarse entonces al extremo, superando a los hombres en esto, pero solo les sirvió para sobrevivir en guetos marginados del mundo de verdad. Paso otra cosa inesperada, los genes de la homofília, antes una minoría como sus portadores, empezaron a multiplicarse y acaparar el genoma, en el pasado, para sobrevivir estos genes que perjudicaban la reproducción de sus portadores, compensaban ese error añadiendo una ventaja en la humanidad: la capacidad de afecto entre hombres, base de la amistad y de la lealtad, útil en la guerra, en un mundo de hombres esto significaba alianzas, amistades, fidelidades, en la lucha era especialmente útil, pues la causa de la homofília, es decir de que los hombres puedan amarse, mientras en otras especies se matan, es la guerra. El caso es que la población se tornó totalmente homofílica, hasta llegar a ser la inmensa mayoría y el canon de lo “normal”. Una vez que estos genes ya no perjudicaron la reproducción, al ser esta artificial, esa ventaja los hizo acaparar el genoma y reducir al mínimo la frecuencia de genes heterofílicos que pasaron a ser “anormales”. Pero la naturaleza incompleta de la segunda especie siguió, su anhelo de ser progenitora o simbionte del hombre, no por amor a la reproducción ni al hombre sino como único medio de existencia. Ya al margen de la especie humana se multiplicaban así mismas también artificialmente, y a veces, pero esto era pecado, heterofílicamente.

Ahora tenían prohibido concebir con algún miembro de la especie humana. Pero por si solas no podían ser individuos completos, dejarlas, rechazarlas, es un atentado a su oportunidad de ser y completarse. Como los virus, carecían de vida, y debían parasitar otra, enfermarla y matarla. Eran incapaces de violencia dada su debilidad física, o de violencia técnica pues les faltaba capacidad cognitiva, pero eso no les restó ingenio y un escondido poder de destrucción muy peligroso. Hace muchísimas generaciones que se les prohibió hibridarse con los hombres. Los hijos de este cruce eran considerados mestizos degenerados. Y la bio-religiones no los aceptaba...

Pero eran una raza que se sentía permanentemente incompleta, su uso de nuestras tecnologías y energía era para la mayoría un abusivo parasitismo.

La inteligencia es el arte de identificar la causalidad, el porqué de las cosas. y hay 2 tipos de causalidad, causalidad material, por qué la materia ocurre cómo ocurre y causalidad emocional, porque la gente actúa como actúa. La primera fue arte de los hombres, la segunda de las mujeres, la segunda especie, condenada pronto a desaparecer.

15 EPISTEMOLOGÍAS ARTIFICIALES: La Caverna

 


Un trillón de años después…

 Antes, yo vivía muy cómodo en la calma y el silencio de los almacenes, mi corazón tenía viva una esperanza: Un día mis progenitores vendrían por mí. Quizás solo uno. El mundo era pequeño y simple, un segundo igual a otro y así por años, yo creía que este era todo el mundo, me sorprendió enterarme que unos metros más allá de mi jaula continuaba, aunque invisible, el mundo. Con la misma inocencia e incredulidad que tú, crees que todo eso que conoces como universo no es más que lo poco que puede pensar tu mente. No había día o noche sino una constate y grata penumbra, a pocos centímetros de mis ojos la malla de mi jaula de plástico se entibiaba con el calor de mis mejillas infantiles, la caja no era tan grande como para poder pararse, pero si lo suficiente como para moverme y poder investigar en mi derredor, desde ahí, que calculaba era el centro del cosmos, se extendían simétricas hileras de jaulas, que colmaban la realidad a derecha e izquierda, delante y detrás, arriba y abajo, dejado solo un angosto pasaje metálico para el viejo cuidador: Diomede. Este patrón era constante, periódico y acaso infinito, un bebedero y un comedero nos libraba del hambre o de la sed que conocería solo mucho después. Recuerdo que en mis primeros días de vida haber hecho alguna amistad con mis vecinos más próximos, al comienzo éramos mudos pues nadie había aprendido a hablar en los úteros de hierro que cuida el gnomon, pero con las semanas se iban creando idiomas primitivos con los que conversábamos elementalmente. Pero en unas semanas, al no poder venderme, fui cambiado de lugar y al llegar a otro ya se hablaba otra lengua. Perdí así mis primeros afectos, los que vinieron después no los sentía tanto. Y cada vez menos. En el nuevo grupo de jaulas, los niños juguete tenían más defectos, más entropía, ya se usaban otras palabras y creo otra sintaxis, sin embargo, algo entendía. No era tan difícil aprender las nuevas lenguas que con los traslados y reacomodos del almacén iba conociendo, pocas palabras tenían esos idiomas, como pocas cosas tenía el mundo que debían representar: jaula, guardián, bebedero, comedero, dormir, despertar, y acaso unas diez palabras más y acababa el mundo, bastaban para dar cuenta de ese simple, pero amado universo donde crecí y que creía único.

Mis primeros compañeros habían sido vendidos, los que no, bajamos de precio y éramos almacenados en lugares menos vistosos, mis nuevos vecinos eran siempre más y más viejos, aunque no crecíamos, nos gastábamos. También el idioma de los nuevos compañeros era más complejo, más palabras y declinaciones, artículos, verbos, tiempos, ya no solo se referían a objetos concretos sino a otras cosas más sofisticadas y creo, innecesarias. Subjetivas diría yo. Aprendía rápido, pero trataba de no abusar de aquellas regiones del idioma que no se referían directamente al mundo real, no entiendo para que sirvan.

Había mucho tiempo para hablar, pero poco que decir, cuando nos movían de lugar las pequeñas amistades se desvanecían de nuevo. Así fui movido de lugar en lugar con cierta tristeza de dejar a una comunidad, pero con entusiasmo de descubrir otra, ansioso de explorar esas pequeñas diferencias y novedades, pero esas novedades acabaron pronto, dado mi extremo nivel de entropía, fui llevado a un lugar del almacén muy apartado y oscuro. ¿Por qué demoraban tanto mis 2 padres? De ahí ya no saldría. Lo cuidaba también el bondadoso Diomede, que además del idioma adulto conocía todos los neo-idiomas infantiles. Este Diomede era un hombre desdentado, y algo fofo, pero parecía haber sido fuerte en su juventud, la inocencia de sus ojos, su cara redonda y traviesa se mimetizaba con las de nosotros. Ahí por primera vez conocí a fvogelfit, un niño juguete con una lengua rarísima, constaba de miles de palabras. Pero creo era una lengua inútil, pues hablaba de entes fantásticos sin ningún tipo de realidad concreta. Y hacía algo con el idioma que me asombró y desalentó: mentir. Era la autodestrucción del lenguaje, bastaba que fuera posible una mentira para que todo el resto del idioma se desmoronara y fuese dudoso. Primero lo escuche conversar. Pero hablaba de cosas muy extrañas. Lo que entendí es que había sido devuelto numerosas veces, y sabía que había tras esa luz que se dejaba ver y por la que entraba personas adultas y compradores, ahí supe que los adultos que compraban a los niños juguete no eran sus padres, eran extraños. fvogelfit era una mercancía reembolsada una y otra vez, y había conocido que había en el más allá y que pasaba cuando éramos comprados. Antes de escucharlo yo imaginaba que el mundo adulto era otro gran almacén y que acaso los adultos vivían en jaulas más grades interconectadas complejamente. Había imaginado un mundo como un laberinto de jaulas y pasadizos conectados y con puentes entre ellos, pilas de extravagantes jaulas que se elevaban a una altura cósmica y se hundía en abismos muy profundos, pero que terminaban, paradójicamente, mezclándose con los lugares más altos, imaginaba el mundo adulto como el revés del nuestro, donde adentro era afuera, lo pequeño era grande y lo hueco estaba lleno, siempre con gente subiendo y bajando, y usando raros bebederos y comederos, acaso el patrón de las jaulas no serían siempre horizontal, podían adoptar otras formas y colores. Pero mi imaginación no podía llegar más lejos que imaginarlas verticales. Para agregar diversidad a mis fantasías mezclaba conceptos, la imaginación de los aburridos juega y compone con conceptos, como un pintor compone con colores, un bebedero-comedero, un bebedero-jaula, un pasadizo-malla, así surgían nuevas texturas en ese mundo imaginario. Pero nada novedoso en el fondo, solo mezclas de lo ya conocido. Así iba concibiendo el mundo de los grandes con el que no dejaba de soñar y acaso anhelaba conocer, aunque ya sabía que no sería vendido nunca.

El mundo no es asídijo fvogelfit.

No puedo creerlo —dije— ¿Cómo podría no ser el mundo así? ¿Cómo es?

—No hay jaulas, pero no son libres.

— ¿Qué es ser libre?

No entendía, así como nosotros no concebimos el mundo sin espacio ni tiempo, por ser nosotros espacio y tiempo, yo no concebía un mundo sin jaulas ni bebederos. Mi mente trataba de imaginarlo inútilmente. Acaso si salgo y veo esas cosas que nombra no las veré —pensaba.

Pero pasados tantos años ya no había posibilidades de conocer el mundo, éramos más y más viejos, todos afeados por diversidad de defectos, ya no nos venderían. Pero no nos eliminaban. Mantenernos era baratísimo y nunca se perdía la esperanza de sacar algún provecho. Así pudimos hacer una amistad duradera con los demás y con el amable Diomede.

fvogelfit no era ni viejo ni dañado, su conducta era lo que lo hacia una mala mercancía, era terriblemente travieso, así que, como la conducta no es visible, pronto se vendió de nuevo y desapareció. Dejando triste al guardián Diomede que se había encariñado con su locuacidad y alegría.

domingo, 18 de septiembre de 2022

14 LA GUERRA CONTRA LOS HUMANOS: Las 2 teologías de la vida

 



Colaboración de Hans Rothgiesser.

 

18,3 billones de años después del inicio del universo…

 

Retumbaban sordas explosiones en la distancia. Ecos sordos de la guerra que parió al universo. Phratede acompaño a Padre un breve tramo hasta la plataforma, cogió del codo a Padre y con la otra mano y mirándolo fijo le entregó el informe en papel barato de estadísticos. Padre leyó el breve relato técnico escrito a máquina sobre un papel amarillento conmoviéndose hasta ponerse muy rojo. Phratede lo miró íntimo y le dijo con su grave voz militar:

—Al parecer los censistas encontraron un semi-clon tuyo, tomaron muestras de ADN de las poblaciones de las colonias del norte mientras buscaban heréticos infiltrados, no se halló ninguno, todos tenían algún vínculo genético con nosotros los humanos ortodoxos. Pero un niño estaba vinculado genéticamente contigo, y hay una pista de su ubicación en una colonia remota. La mitad de sus genes son tuyos, no hay dudas —concluyó Phratede, es ahora de algún modo también mi hijo.

—Iré a buscarlo tan pronto termine esa reunión y la misión que seguro me encomendarán —dijo Padre. Y apretó el musculoso hombro del viejo Phratede con el afecto contenido de los militares y se acercó a su cara con afecto. Phratede se concentró en ese calor masculino presintiendo que era el último. Desde su inexperta juventud habían guerreado y envejecido juntos. 

—Ahora debo dejarte —dijo Phratede dejando a su eromenos solo con su misión.

Padre caminó por el largo pasillo que lo llevaba de la plataforma en la que lo había dejado su compañero hasta que encontró el acceso al trasportador que lo adentraría en las zonas herméticas del dogma. Caminaba solo. Nadie lo acompañaba. Esto era algo que le llamaba mucho la atención. Las veces anteriores que había sido llamado a la ciudadela de la bioreligión había sido escoltado en todo momento. Y una serie de protocolos engorrosos monitoreaban cada paso. Esta vez, en cambio, le habían indicado el camino, pero no lo habían acompañado.

       De hecho, en la plataforma solo había visto a un operario y se le veía demasiado joven. Padre no creía que tuviese el entrenamiento completo para estar a cargo. Pero había cada vez menos gente a disposición.

       Llegó a la puerta que daba al trasporte. Antes de abrirla se acomodó nuevamente la camisa y la correa blanca que llevaba al cinto. Se sentía desnudo e inútil sin sus armas, pero no había opción. A pesar del carácter militar de la bioreligión, a sus centrales de dogma en el centro más profundo de Limma no se podía ingresar cargando armas. ¿Por qué lo citaban? No tenía idea. Solo quedaba obedecer. Era su deber y lo único que tenía que hacer en la vida…  pero estaba lo que dijo Phratede: la mitad de ti existe ahí lejos… tu hijo perdido… y ya es casi un hombre… Quizás era cierto lo que decía la doctrina enemiga, la denominada interpretación herética del dios[1]: “Los seres vivos aman a sus iguales y son enemigos de lo distinto”. Era un pecado reconocerlo. Padre debía creer en la doctrina estándar: “No se ama la parte sino el todo, que incluye lo distinto”. La diversidad de piezas hace ganar al jugador de ajedrez. Y ese jugador invisible no eran los hombres sino algo que como un parásito se nutría de ellos, el dios. Esa regla sirvió para que Padre obedezca toda su vida, para que luchara por los humanos contra los monótonos “heréticos” cuya obsesión por lo igual los llevaba incluso al incesto, costumbre que envilecía su genoma, pero que les permitía ciertas ventajas evolutivas. Pero ahora había algo igual a él, algo que de modo abstracto ahora amaba. Y “los otros” parecían ahora ser sus jefes, incluso sus amados soldados y su viejo erómenos, pero Padre también recordó la doctrina oficial, para ella el primer mandamiento era amar lo distinto pues permite sobrevivir al dios. Lo divino, el alma inmortal no era algo que estaba en cada ser vivo y alcanzable por cada uno, sino algo construido con la suma de todos ellos y que trascendía a todos ellos. La vida eterna era para el dios, no para los creyentes. Y esa vida eterna del dios había que construirla con el sacrificio de sus múltiples mortalidades.

       Había una guerra entre esas dos teologías de la vida que se correspondía a una guerra aún más antigua: la guerra entre la vida como un todo abstracto y la vida como cada organismo individual concreto, y es guerra se manifestaba en sus sangrientos devotos. Pero no es que Padre dudara de la teología estándar, dudaba ahora de ambas religiones, él era el único humano que había visto a un trans-humano, lo había capturado y ejecutado, la orden era traerlo de inmediato sin hablarle, pero Padre desobedeció y ahora estaba muerto, ahí supo que para ellos ambos dogmas no significaban nada. Si era así tampoco su hijo perdido significaba nada… Era cierto los heréticos eran enemigos, pero “los tras-humanos eran monstruos” —pensó.

       Ingresó al trasportador y suspiró cansado. Luego le dio vueltas a una manivela con sus fuertes brazos para activar el mecanismo y finalmente presionó el botón que lo llevaría hacia los interiores de la laberíntica ciudadela religiosa en el centro de Limma. A pesar que las dos bioreligiones eran castrenses y que las organizaciones militares estaban agusanadas de doctrinas y credos, a Padre no le gustaba estar en instalaciones netamente religiosas. Prefería las trincheras.

       Lamentablemente el poder estaba siempre oscilando entre generales y sacerdotes, y muchas veces no se sabía realmente quien estaba al mando en los estratos superiores, pero se sabía que también ahí había una hipócrita guerra por el poder, una guerra sin batallas, aunque si con muchos muertos. Estas centrales de dogma eran certeramente peligrosas. Además, eran lugares donde se almacenaban bajo 7 llaves el conocimiento técnico y en lo más profundo, sepultada a perpetuidad había una biblioteca de documentos y archivos de la más prohibida y peligrosa herejía, la llamada siensia. Así que esta era una biblioteca sin lectores y una cárcel de libros mudos que murmuraban sobre una humanidad pasada sin ninguno de los 2 dioses.

       En cierto momento hubo una aguda bajada, esto no era lo peor de todo. Lo peor sería la subida, que sería desesperadamente lenta, más aún por la impaciencia de alcanzar a su hijo hace tantos años perdido. Los sacerdotes censuraban ciertos rumores entre la población humana de que alguna vez la olvidada siensia desarrolló tecnologías que permitían construir máquinas asombrosas, como, por ejemplo, trasportadores rapidísimos. Estos destartalados, decía el rumor, son los escombros de una red que unió una vez al mundo y llegaba incluso a la prohibida superficie, algunos tramos podían incluso viajar del punto A al C sin atravesar B en medio de ambos. El hombre fue un demonio entregado a esa mala magia, pero todo eso estaba perdido o era solo un sueño. La tecnología actual estaba aplicada a la industria bélica, la siensia desapareció y dio paso a un cuerpo de conocimientos prácticos, dogmáticos e inmutables que eran incapaces de progresar, solo eran útiles, pero carecían significado cognitivo. La bioreligión había prohibido con éxito la sola mención de la palabra siensia, las nuevas generaciones no la conocían y los viejos se esforzaban en olvidarla. Y con ese fervor anti-cognitivo de la bioreligión las técnicas y profesiones se habían olvidado, la raza humana se desarrollaba ahora entre dos polos: el religioso y el militar, y eso bastaba. A veces era difícil distinguir las dos cosas, a Padre no tenía por qué gustarle o no gustarle. Después de todo, no conocía otra realidad.

Al cabo de unos minutos, llegó a lo más profundo de la ciudad de Limma. Le incomodo más de lo usual toda la carga de dogma y abstracta superstición que se respiraba. Casi se asfixiaba de irracionalidad. Nunca antes había sido así, pero ese prisionero… ese trans-humano antes de morir… sus palabras, lo habían confundido.

       La puerta se abrió. Padre esperaba encontrar a gente yendo de un lado para otro, a fieles memorizando la compleja doctrina del dios, a autoridades dando sermones, pero lo que encontró fue una versión minimalista de todo eso. Cada vez había menos gente.

En la gran habitación decorada de ampulosas geometrías que era la antesala al recinto principal del templo subterráneo apenas pudo ver a una persona.  Se trataba de su superior, el capitán Orson, elegantemente uniformado sobre su cuerpo fornido y vulgar.

—“Oh teniente, —dijo a Padre frotándose las manos taimadamente qué bueno que hayas llegado tan pronto”, —dijo Orson antes incluso de que el Padre lo saludara a modo militar, como se supone que era el protocolo. Padre temió lo peor. Sabía que Orson era un cobarde. Lo había visto mandar a la muerte a soldados desde la comodidad de su puesto de mando en algún claustro. Padre lo aborrecía.  Le parecía que era exactamente el tipo de líder que no debíamos tener y que los estaban llevando a perder la guerra contra los heréticos. Orson era dado más a la intriga y a la mentira. “Los heréticos” peleaban valientemente y por un motivo también lógico y acaso justificado. Sutilmente Padre se aseguró de que no estaban siendo observados por nadie y consideró la posibilidad de matarlo ahí mismo con sus propias manos. Pero no, eso era tabú.  Eso no se hacía en la central de dogma. En sus monasterios solo los sacerdotes podían matar sin pecado.

— “Vine tan pronto como pude”, —respondió Padre— “He dejado a mis hombres en la estación oblicua. Tememos que haya un ataque de la otra doctrina en cualquier momento”

—“Oh, debe haber agradecido al dios que lo llamásemos para que venga cuanto antes, entonces. Puede que le hayamos salvado la vida”, —Orson sonrió y le dio un agresivo golpe en el hombro. Padre tuvo ganas de responderle con un puñetazo a la nariz. Padre lamentaba exactamente lo contrario. Él quería estar con sus hombres cuando el ataque comience. Su presencia, su guía podían significar la victoria. Al menos en esta batalla. Prefería morir en batalla que cargar con sus muertes en su consciencia, algo que Orson no tenía en lo más mínimo. Y que pocos ahí tenían.

—“¿Cuál es la urgencia?”, —preguntó fríamente Padre. Orson se dio cuenta que lo había ofendido. Era cobarde, pero muy político. No se llegaba a donde él había llegado sin la intuición para saber cuándo había dicho algo impropio.

—“¿Para qué me has hecho venir?”, —insistió antes de que Orson se retractara o explicara que nunca dijo lo que claramente sí había dicho.

—“Oh, bueno. Inteligencia ha hecho un descubrimiento que, de confirmarse, cambiara todo.  La guerra acabará en unos días”.

Padre soltó un suspiro. Había estado esperando lo peor, quizás deseando lo peor, pero un anuncio de este tipo le devolvía la esperanza. Era el fruto que su esperanza, árida y triste, había soñado por años. Debía regresar a la estación oblicua cuanto antes para notificarlo a los soldados. Los ánimos habían estado por los suelos por décadas, por siglos y esto era lo que todos soñaban. Lo que merecían.

—“Qué bien, señor” —dijo finalmente inundado de vigor optimista Padre—. “Ya era hora que hubiera buenas noticias”

—“Este… mucho me temo que me has malentendido”, —le dijo Orson sobando taimadamente las manos una contra la otra. —“Nos hemos enterado de algo que podría significar nuestra destrucción. La guerra podría acabar en cuestión de días con la completa aniquilación de la especie humana, quiero decir, la ortodoxa, la nuestra. Y el final de ese fluir que llamamos vida, quiero decir… la muerte del mismo dios.”

Padre frunció el ceño. No dijo nada. Años de frustración le hicieron aceptar una vez más esa horrible noticia. No podía ser de otra forma, él había visto cosas tan asombrosas en “ellos” …

…“Teniente…”—, escucharon una voz grave y calculada desde algún lado de la habitación. No sabían de dónde. La alta puerta que daba al recinto principal del templo se había abierto con sigilo, y alguien había entrado en silencio escuchado desde la sombra a los dos militares desde hacía un buen rato. Dando un paso también en absoluto silencio se había asomado el más peligroso de los sacerdotes: el místico Anthonio[2]. Anthonio era un hombre muy singular, grande y reservado, su belleza escultórica fascinaba y distaría no solo a los hombres, sino también, de modo torcido, a algunas mujeres. Pero esa belleza encerraba algo poco confiable. Debajo de sus castas y rígidas ropas de sacerdote se movía un cuerpo inapropiadamente cargado de erotismo. Guapo, bronceado y obsceno. Esa sensualidad era casi una sexualidad y escapaba por las pocas partes descubiertas de su cuerpo como sus manos grandes o su mandíbula cuadrada, ennegrecida por una barba que los afeites no podían borrar del todo. Era también un fanático muy inteligente. Se decía que en secreto era el sacerdote más influyente y la secta que había fundado ganaba cada día más poder. Alguien no necesariamente bueno, pero si notable con quien Padre prefería discutir la situación que con el mediocre de Orson. —“Diacono Anthonio”, —saludó padre y caminó hacia él, abandonando por completo a Orson. Este los siguió tímidamente. Los tres ingresaron al recinto principal.

Se trataba de un espacio inmenso y elegantemente vacío. Las paredes doradas tenían algunas ilustraciones que mostraban partes del código genético y fórmulas de lógica de segundo orden, pero en su mayoría era todo ininteligible. El libro sagrado de la bioreligión era el mismo genoma humano y esos monjes lo estudiaban e interpretaban con el fervor de cabalistas. Memorizaban las infinitas secuencias de nucleótidos buscando sentidos místicos y oscuros a la información genética, patrones y coincidencias proféticas. El dios, el creador, hablaba a la humanidad a través de ese lenguaje que era el ADN. El genoma mismo era su cuerpo y su palabra. Aunque ninguno ahí sabía nada de genética. Solo memorizaban estúpidamente sus 4 símbolos: A—T—G—C combinados en un intricado laberinto de genes, operones, intrones, exones, secuencias sin sentido, invertidas o repetidas sin razón, o simple caos, para el que el concepto mismo de “información” genética es inapropiado. Casi todas esas cábalas eran supersticiones, pero la interpretación de Anthonio era un cuerpo racional sin huecos ni contradicciones, había traducido por primera vez la palabra del dios de entre ese caos de secuencias de nucleótidos, la clave era leer de 3 en tres las secuencias, 3 es el número de dios, como 3 es el número de libros artificiales, (techne), 3 las edades de la humanidad (ellos vivían en la primera), etc, esta triada de nucleótidos significaban cada una, una palabra del dios, es decir un concepto incompleto, pues una palabra a solas carece de verdadero significado, pero junto a otras adquiría sentido y santidad. Pero la voz del dios solo sería compresible en el contexto de todas sus palabras juntas, cosa imposible de entender para la mente humana. Pero siendo incluso así, dentro del hombre, en su ADN, balbuceaba la divinidad.     

La perfección de su doctrina había seducido a muchos ancianos que se adherían y protegían al voluptuoso joven. Al fondo había una especie de altar intrincado y barroco. Bajo su ampulosa arquitectura que se elevaba vertiginosamente, se podía ver a tres viejísimos sacerdotes discutiendo. Antes de avanzar hacia ellos, Anthonio se volteó hacia Padre.

—“Debo advertirles que el humor no es de lo más cordial. Lo diré directamente, nuestro dios está muriendo. Al parecer empezó a morir hace años. La noticia nos ha impactado duramente, los enemigos de la vida lo atacaron en su esencia, no puede haber más maldad ni espectáculo más impuro” —y pareció regocijarse secretamente en esas palabras—. El fin supremo de nuestra doctrina corre peligro. A diferencia de los heréticos nosotros no buscamos nuestra salvación sino la de nuestro dios. Los heréticos piensan que el dios está en cada vida individual, en las partes y no en el todo, pero de eso se desprende, diabólicamente, que el “dios no es uno” que no existe.

—Sospecho que ambos dioses existen y pelean —dijo Padre arriesgándose a decir algo tabú.

Anthonio movió una de sus tupidas cejas hermosamente diseñadas con un gesto de sospecha.

—Quizás, pero esa guerra termino y ahora el nuestro agoniza, luego de una batalla celestial.



[1] La vida.

[2] De Anthos, flor en griego, ya sabe que flor es el órgano sexual de los vegetales, paradójica característica de esos castos seres. El nombre también es alusivo a un anacoreta y mártir permanentemente rodeado de tentaciones monstruosas.

13 VIAJEROS DE LA ETERNIDAD: Un planeta en pedazos

 



Trillones de años después…

 

Caminar y caminar y en eso el paisaje mostró un asombroso espectáculo. Un fragmento del planeta se había dado vuelta, de alguna manera había explotado algo en el fondo geológico del Thecnetos y un gran trozo del mundo había quedado boca arriba. Entré a explorarlo. El Thecnetos no solo se apagaba también se fragmentaba, algunos trozos grandes de corteza ya se elevaban y se hundían lentamente más allá de la atmosfera y otros flotaban en lo alto retenidos por hilos precarios que los anclaban aún a la tierra. Por esa superficie ampulosa de retorcida maquinaria caminé y vi miles de esos parásitos mecánicos, esos que había visto antes vivos dentro del avernus. Por entre esa polvorienta masacre de animales artificiales vi miles de cuerpos muertos y encontré por primera vez a Thalos devorando el cadáver metálico de uno de sus semejantes, como un sórdido caníbal artificial.

Supe de inmediato que era uno de esos seres que evolucionaron en las entrañas artificiales del mundo. De algún modo este no había muerto una vez muerta la máquina que parasitaba.

Se ocultó al verme y quizás planeaba algo taimado contra mí. Pero luego como un perro empezó a seguirme.

Caminando como un agotado enamorado me dejé seguir por ese insecto mecánico. Algo que no sabía antes empezó ahí, anteriormente había detestado la presencia de “los otros”, me daban incluso pánico. Sin embargo, ya estaba enfermo de humanidad y sentí curiosidad y anhelo de contacto con aquel raro ser. Me parecía incompresible el deseo de ser acompañado por un ser tan amorfo, tan abiótico como aquel parásito artificial. Tal es la soledad.

 

Dejé que me siguiera e incluso, aunque siempre estábamos lejos uno del otro, evité perderlo de vista. Hasta ese punto había llegado mi degeneración. Disfrutaba de su existencia paralela a la mía. Acaso yo ya no era afín a la calmada soledad que una vez disfruté.

Thalos, desconfiado, había logrado sobrevivir a la muerte de su especie canibalizando los cadáveres de sus congéneres. Yo no necesitaba hacer eso. Dado mi vínculo minúsculo con el más alto corazón del Thecnetos no moría, vínculo que nunca llegué a entender sino hasta el final.

— ¿Dónde estoy? —preguntó en su lenguaje. El mundo de la superficie le era ajeno y desconocido. No comprendí. Su lenguaje no estaba hecho de sonidos. Pero no hacía falta hablar así que no me importó la falta de comunicación. Pero solo por un tiempo. Lo llamé Thalos, su verdadero nombre o si lo tenía no lo supe nunca.

Ni supe si venia de las profundidades del último planeta o de las profundidades de mí mismo.