domingo, 18 de septiembre de 2022

14 LA GUERRA CONTRA LOS HUMANOS: Las 2 teologías de la vida

 



Colaboración de Hans Rothgiesser.

 

18,3 billones de años después del inicio del universo…

 

Retumbaban sordas explosiones en la distancia. Ecos sordos de la guerra que parió al universo. Phratede acompaño a Padre un breve tramo hasta la plataforma, cogió del codo a Padre y con la otra mano y mirándolo fijo le entregó el informe en papel barato de estadísticos. Padre leyó el breve relato técnico escrito a máquina sobre un papel amarillento conmoviéndose hasta ponerse muy rojo. Phratede lo miró íntimo y le dijo con su grave voz militar:

—Al parecer los censistas encontraron un semi-clon tuyo, tomaron muestras de ADN de las poblaciones de las colonias del norte mientras buscaban heréticos infiltrados, no se halló ninguno, todos tenían algún vínculo genético con nosotros los humanos ortodoxos. Pero un niño estaba vinculado genéticamente contigo, y hay una pista de su ubicación en una colonia remota. La mitad de sus genes son tuyos, no hay dudas —concluyó Phratede, es ahora de algún modo también mi hijo.

—Iré a buscarlo tan pronto termine esa reunión y la misión que seguro me encomendarán —dijo Padre. Y apretó el musculoso hombro del viejo Phratede con el afecto contenido de los militares y se acercó a su cara con afecto. Phratede se concentró en ese calor masculino presintiendo que era el último. Desde su inexperta juventud habían guerreado y envejecido juntos. 

—Ahora debo dejarte —dijo Phratede dejando a su eromenos solo con su misión.

Padre caminó por el largo pasillo que lo llevaba de la plataforma en la que lo había dejado su compañero hasta que encontró el acceso al trasportador que lo adentraría en las zonas herméticas del dogma. Caminaba solo. Nadie lo acompañaba. Esto era algo que le llamaba mucho la atención. Las veces anteriores que había sido llamado a la ciudadela de la bioreligión había sido escoltado en todo momento. Y una serie de protocolos engorrosos monitoreaban cada paso. Esta vez, en cambio, le habían indicado el camino, pero no lo habían acompañado.

       De hecho, en la plataforma solo había visto a un operario y se le veía demasiado joven. Padre no creía que tuviese el entrenamiento completo para estar a cargo. Pero había cada vez menos gente a disposición.

       Llegó a la puerta que daba al trasporte. Antes de abrirla se acomodó nuevamente la camisa y la correa blanca que llevaba al cinto. Se sentía desnudo e inútil sin sus armas, pero no había opción. A pesar del carácter militar de la bioreligión, a sus centrales de dogma en el centro más profundo de Limma no se podía ingresar cargando armas. ¿Por qué lo citaban? No tenía idea. Solo quedaba obedecer. Era su deber y lo único que tenía que hacer en la vida…  pero estaba lo que dijo Phratede: la mitad de ti existe ahí lejos… tu hijo perdido… y ya es casi un hombre… Quizás era cierto lo que decía la doctrina enemiga, la denominada interpretación herética del dios[1]: “Los seres vivos aman a sus iguales y son enemigos de lo distinto”. Era un pecado reconocerlo. Padre debía creer en la doctrina estándar: “No se ama la parte sino el todo, que incluye lo distinto”. La diversidad de piezas hace ganar al jugador de ajedrez. Y ese jugador invisible no eran los hombres sino algo que como un parásito se nutría de ellos, el dios. Esa regla sirvió para que Padre obedezca toda su vida, para que luchara por los humanos contra los monótonos “heréticos” cuya obsesión por lo igual los llevaba incluso al incesto, costumbre que envilecía su genoma, pero que les permitía ciertas ventajas evolutivas. Pero ahora había algo igual a él, algo que de modo abstracto ahora amaba. Y “los otros” parecían ahora ser sus jefes, incluso sus amados soldados y su viejo erómenos, pero Padre también recordó la doctrina oficial, para ella el primer mandamiento era amar lo distinto pues permite sobrevivir al dios. Lo divino, el alma inmortal no era algo que estaba en cada ser vivo y alcanzable por cada uno, sino algo construido con la suma de todos ellos y que trascendía a todos ellos. La vida eterna era para el dios, no para los creyentes. Y esa vida eterna del dios había que construirla con el sacrificio de sus múltiples mortalidades.

       Había una guerra entre esas dos teologías de la vida que se correspondía a una guerra aún más antigua: la guerra entre la vida como un todo abstracto y la vida como cada organismo individual concreto, y es guerra se manifestaba en sus sangrientos devotos. Pero no es que Padre dudara de la teología estándar, dudaba ahora de ambas religiones, él era el único humano que había visto a un trans-humano, lo había capturado y ejecutado, la orden era traerlo de inmediato sin hablarle, pero Padre desobedeció y ahora estaba muerto, ahí supo que para ellos ambos dogmas no significaban nada. Si era así tampoco su hijo perdido significaba nada… Era cierto los heréticos eran enemigos, pero “los tras-humanos eran monstruos” —pensó.

       Ingresó al trasportador y suspiró cansado. Luego le dio vueltas a una manivela con sus fuertes brazos para activar el mecanismo y finalmente presionó el botón que lo llevaría hacia los interiores de la laberíntica ciudadela religiosa en el centro de Limma. A pesar que las dos bioreligiones eran castrenses y que las organizaciones militares estaban agusanadas de doctrinas y credos, a Padre no le gustaba estar en instalaciones netamente religiosas. Prefería las trincheras.

       Lamentablemente el poder estaba siempre oscilando entre generales y sacerdotes, y muchas veces no se sabía realmente quien estaba al mando en los estratos superiores, pero se sabía que también ahí había una hipócrita guerra por el poder, una guerra sin batallas, aunque si con muchos muertos. Estas centrales de dogma eran certeramente peligrosas. Además, eran lugares donde se almacenaban bajo 7 llaves el conocimiento técnico y en lo más profundo, sepultada a perpetuidad había una biblioteca de documentos y archivos de la más prohibida y peligrosa herejía, la llamada siensia. Así que esta era una biblioteca sin lectores y una cárcel de libros mudos que murmuraban sobre una humanidad pasada sin ninguno de los 2 dioses.

       En cierto momento hubo una aguda bajada, esto no era lo peor de todo. Lo peor sería la subida, que sería desesperadamente lenta, más aún por la impaciencia de alcanzar a su hijo hace tantos años perdido. Los sacerdotes censuraban ciertos rumores entre la población humana de que alguna vez la olvidada siensia desarrolló tecnologías que permitían construir máquinas asombrosas, como, por ejemplo, trasportadores rapidísimos. Estos destartalados, decía el rumor, son los escombros de una red que unió una vez al mundo y llegaba incluso a la prohibida superficie, algunos tramos podían incluso viajar del punto A al C sin atravesar B en medio de ambos. El hombre fue un demonio entregado a esa mala magia, pero todo eso estaba perdido o era solo un sueño. La tecnología actual estaba aplicada a la industria bélica, la siensia desapareció y dio paso a un cuerpo de conocimientos prácticos, dogmáticos e inmutables que eran incapaces de progresar, solo eran útiles, pero carecían significado cognitivo. La bioreligión había prohibido con éxito la sola mención de la palabra siensia, las nuevas generaciones no la conocían y los viejos se esforzaban en olvidarla. Y con ese fervor anti-cognitivo de la bioreligión las técnicas y profesiones se habían olvidado, la raza humana se desarrollaba ahora entre dos polos: el religioso y el militar, y eso bastaba. A veces era difícil distinguir las dos cosas, a Padre no tenía por qué gustarle o no gustarle. Después de todo, no conocía otra realidad.

Al cabo de unos minutos, llegó a lo más profundo de la ciudad de Limma. Le incomodo más de lo usual toda la carga de dogma y abstracta superstición que se respiraba. Casi se asfixiaba de irracionalidad. Nunca antes había sido así, pero ese prisionero… ese trans-humano antes de morir… sus palabras, lo habían confundido.

       La puerta se abrió. Padre esperaba encontrar a gente yendo de un lado para otro, a fieles memorizando la compleja doctrina del dios, a autoridades dando sermones, pero lo que encontró fue una versión minimalista de todo eso. Cada vez había menos gente.

En la gran habitación decorada de ampulosas geometrías que era la antesala al recinto principal del templo subterráneo apenas pudo ver a una persona.  Se trataba de su superior, el capitán Orson, elegantemente uniformado sobre su cuerpo fornido y vulgar.

—“Oh teniente, —dijo a Padre frotándose las manos taimadamente qué bueno que hayas llegado tan pronto”, —dijo Orson antes incluso de que el Padre lo saludara a modo militar, como se supone que era el protocolo. Padre temió lo peor. Sabía que Orson era un cobarde. Lo había visto mandar a la muerte a soldados desde la comodidad de su puesto de mando en algún claustro. Padre lo aborrecía.  Le parecía que era exactamente el tipo de líder que no debíamos tener y que los estaban llevando a perder la guerra contra los heréticos. Orson era dado más a la intriga y a la mentira. “Los heréticos” peleaban valientemente y por un motivo también lógico y acaso justificado. Sutilmente Padre se aseguró de que no estaban siendo observados por nadie y consideró la posibilidad de matarlo ahí mismo con sus propias manos. Pero no, eso era tabú.  Eso no se hacía en la central de dogma. En sus monasterios solo los sacerdotes podían matar sin pecado.

— “Vine tan pronto como pude”, —respondió Padre— “He dejado a mis hombres en la estación oblicua. Tememos que haya un ataque de la otra doctrina en cualquier momento”

—“Oh, debe haber agradecido al dios que lo llamásemos para que venga cuanto antes, entonces. Puede que le hayamos salvado la vida”, —Orson sonrió y le dio un agresivo golpe en el hombro. Padre tuvo ganas de responderle con un puñetazo a la nariz. Padre lamentaba exactamente lo contrario. Él quería estar con sus hombres cuando el ataque comience. Su presencia, su guía podían significar la victoria. Al menos en esta batalla. Prefería morir en batalla que cargar con sus muertes en su consciencia, algo que Orson no tenía en lo más mínimo. Y que pocos ahí tenían.

—“¿Cuál es la urgencia?”, —preguntó fríamente Padre. Orson se dio cuenta que lo había ofendido. Era cobarde, pero muy político. No se llegaba a donde él había llegado sin la intuición para saber cuándo había dicho algo impropio.

—“¿Para qué me has hecho venir?”, —insistió antes de que Orson se retractara o explicara que nunca dijo lo que claramente sí había dicho.

—“Oh, bueno. Inteligencia ha hecho un descubrimiento que, de confirmarse, cambiara todo.  La guerra acabará en unos días”.

Padre soltó un suspiro. Había estado esperando lo peor, quizás deseando lo peor, pero un anuncio de este tipo le devolvía la esperanza. Era el fruto que su esperanza, árida y triste, había soñado por años. Debía regresar a la estación oblicua cuanto antes para notificarlo a los soldados. Los ánimos habían estado por los suelos por décadas, por siglos y esto era lo que todos soñaban. Lo que merecían.

—“Qué bien, señor” —dijo finalmente inundado de vigor optimista Padre—. “Ya era hora que hubiera buenas noticias”

—“Este… mucho me temo que me has malentendido”, —le dijo Orson sobando taimadamente las manos una contra la otra. —“Nos hemos enterado de algo que podría significar nuestra destrucción. La guerra podría acabar en cuestión de días con la completa aniquilación de la especie humana, quiero decir, la ortodoxa, la nuestra. Y el final de ese fluir que llamamos vida, quiero decir… la muerte del mismo dios.”

Padre frunció el ceño. No dijo nada. Años de frustración le hicieron aceptar una vez más esa horrible noticia. No podía ser de otra forma, él había visto cosas tan asombrosas en “ellos” …

…“Teniente…”—, escucharon una voz grave y calculada desde algún lado de la habitación. No sabían de dónde. La alta puerta que daba al recinto principal del templo se había abierto con sigilo, y alguien había entrado en silencio escuchado desde la sombra a los dos militares desde hacía un buen rato. Dando un paso también en absoluto silencio se había asomado el más peligroso de los sacerdotes: el místico Anthonio[2]. Anthonio era un hombre muy singular, grande y reservado, su belleza escultórica fascinaba y distaría no solo a los hombres, sino también, de modo torcido, a algunas mujeres. Pero esa belleza encerraba algo poco confiable. Debajo de sus castas y rígidas ropas de sacerdote se movía un cuerpo inapropiadamente cargado de erotismo. Guapo, bronceado y obsceno. Esa sensualidad era casi una sexualidad y escapaba por las pocas partes descubiertas de su cuerpo como sus manos grandes o su mandíbula cuadrada, ennegrecida por una barba que los afeites no podían borrar del todo. Era también un fanático muy inteligente. Se decía que en secreto era el sacerdote más influyente y la secta que había fundado ganaba cada día más poder. Alguien no necesariamente bueno, pero si notable con quien Padre prefería discutir la situación que con el mediocre de Orson. —“Diacono Anthonio”, —saludó padre y caminó hacia él, abandonando por completo a Orson. Este los siguió tímidamente. Los tres ingresaron al recinto principal.

Se trataba de un espacio inmenso y elegantemente vacío. Las paredes doradas tenían algunas ilustraciones que mostraban partes del código genético y fórmulas de lógica de segundo orden, pero en su mayoría era todo ininteligible. El libro sagrado de la bioreligión era el mismo genoma humano y esos monjes lo estudiaban e interpretaban con el fervor de cabalistas. Memorizaban las infinitas secuencias de nucleótidos buscando sentidos místicos y oscuros a la información genética, patrones y coincidencias proféticas. El dios, el creador, hablaba a la humanidad a través de ese lenguaje que era el ADN. El genoma mismo era su cuerpo y su palabra. Aunque ninguno ahí sabía nada de genética. Solo memorizaban estúpidamente sus 4 símbolos: A—T—G—C combinados en un intricado laberinto de genes, operones, intrones, exones, secuencias sin sentido, invertidas o repetidas sin razón, o simple caos, para el que el concepto mismo de “información” genética es inapropiado. Casi todas esas cábalas eran supersticiones, pero la interpretación de Anthonio era un cuerpo racional sin huecos ni contradicciones, había traducido por primera vez la palabra del dios de entre ese caos de secuencias de nucleótidos, la clave era leer de 3 en tres las secuencias, 3 es el número de dios, como 3 es el número de libros artificiales, (techne), 3 las edades de la humanidad (ellos vivían en la primera), etc, esta triada de nucleótidos significaban cada una, una palabra del dios, es decir un concepto incompleto, pues una palabra a solas carece de verdadero significado, pero junto a otras adquiría sentido y santidad. Pero la voz del dios solo sería compresible en el contexto de todas sus palabras juntas, cosa imposible de entender para la mente humana. Pero siendo incluso así, dentro del hombre, en su ADN, balbuceaba la divinidad.     

La perfección de su doctrina había seducido a muchos ancianos que se adherían y protegían al voluptuoso joven. Al fondo había una especie de altar intrincado y barroco. Bajo su ampulosa arquitectura que se elevaba vertiginosamente, se podía ver a tres viejísimos sacerdotes discutiendo. Antes de avanzar hacia ellos, Anthonio se volteó hacia Padre.

—“Debo advertirles que el humor no es de lo más cordial. Lo diré directamente, nuestro dios está muriendo. Al parecer empezó a morir hace años. La noticia nos ha impactado duramente, los enemigos de la vida lo atacaron en su esencia, no puede haber más maldad ni espectáculo más impuro” —y pareció regocijarse secretamente en esas palabras—. El fin supremo de nuestra doctrina corre peligro. A diferencia de los heréticos nosotros no buscamos nuestra salvación sino la de nuestro dios. Los heréticos piensan que el dios está en cada vida individual, en las partes y no en el todo, pero de eso se desprende, diabólicamente, que el “dios no es uno” que no existe.

—Sospecho que ambos dioses existen y pelean —dijo Padre arriesgándose a decir algo tabú.

Anthonio movió una de sus tupidas cejas hermosamente diseñadas con un gesto de sospecha.

—Quizás, pero esa guerra termino y ahora el nuestro agoniza, luego de una batalla celestial.



[1] La vida.

[2] De Anthos, flor en griego, ya sabe que flor es el órgano sexual de los vegetales, paradójica característica de esos castos seres. El nombre también es alusivo a un anacoreta y mártir permanentemente rodeado de tentaciones monstruosas.

13 VIAJEROS DE LA ETERNIDAD: Un planeta en pedazos

 



Trillones de años después…

 

Caminar y caminar y en eso el paisaje mostró un asombroso espectáculo. Un fragmento del planeta se había dado vuelta, de alguna manera había explotado algo en el fondo geológico del Thecnetos y un gran trozo del mundo había quedado boca arriba. Entré a explorarlo. El Thecnetos no solo se apagaba también se fragmentaba, algunos trozos grandes de corteza ya se elevaban y se hundían lentamente más allá de la atmosfera y otros flotaban en lo alto retenidos por hilos precarios que los anclaban aún a la tierra. Por esa superficie ampulosa de retorcida maquinaria caminé y vi miles de esos parásitos mecánicos, esos que había visto antes vivos dentro del avernus. Por entre esa polvorienta masacre de animales artificiales vi miles de cuerpos muertos y encontré por primera vez a Thalos devorando el cadáver metálico de uno de sus semejantes, como un sórdido caníbal artificial.

Supe de inmediato que era uno de esos seres que evolucionaron en las entrañas artificiales del mundo. De algún modo este no había muerto una vez muerta la máquina que parasitaba.

Se ocultó al verme y quizás planeaba algo taimado contra mí. Pero luego como un perro empezó a seguirme.

Caminando como un agotado enamorado me dejé seguir por ese insecto mecánico. Algo que no sabía antes empezó ahí, anteriormente había detestado la presencia de “los otros”, me daban incluso pánico. Sin embargo, ya estaba enfermo de humanidad y sentí curiosidad y anhelo de contacto con aquel raro ser. Me parecía incompresible el deseo de ser acompañado por un ser tan amorfo, tan abiótico como aquel parásito artificial. Tal es la soledad.

 

Dejé que me siguiera e incluso, aunque siempre estábamos lejos uno del otro, evité perderlo de vista. Hasta ese punto había llegado mi degeneración. Disfrutaba de su existencia paralela a la mía. Acaso yo ya no era afín a la calmada soledad que una vez disfruté.

Thalos, desconfiado, había logrado sobrevivir a la muerte de su especie canibalizando los cadáveres de sus congéneres. Yo no necesitaba hacer eso. Dado mi vínculo minúsculo con el más alto corazón del Thecnetos no moría, vínculo que nunca llegué a entender sino hasta el final.

— ¿Dónde estoy? —preguntó en su lenguaje. El mundo de la superficie le era ajeno y desconocido. No comprendí. Su lenguaje no estaba hecho de sonidos. Pero no hacía falta hablar así que no me importó la falta de comunicación. Pero solo por un tiempo. Lo llamé Thalos, su verdadero nombre o si lo tenía no lo supe nunca.

Ni supe si venia de las profundidades del último planeta o de las profundidades de mí mismo.

lunes, 15 de agosto de 2022

12 EPISTEMOLOGÍAS ARTIFICIALES: Todo Sobre n.

 




Un trillón de años antes…

 


Un día más de hambruna y guerra[1]. Hubo ejecuciones colectivas de antiguos funcionarios en el norte de las estaciones antiguas, aunque se rumorea que en realidad era una redada para conseguir combustible para la construcción del Thecnetos. Pestes asolan a la población, confinada a sus supersticiones y confusas costumbres actuales. Una rara economía y sociedad se ha desarrollado para la última generación, tan distinta a la ordenada civilización que antes conquistó el cosmos y ahora muere con él. Yo por mi parte pertenezco una nueva casta surgida estos días. No soy humano, pero tampoco un androide. Soy uno de los niños-juguete. Nacimos casi al mismo tiempo que nació el Thecnetos. Del mismo modo como al inicio del mundo nació la antimateria y la materia, y una se comió a la otra, así nacimos nosotros. Lo más deleznable del cosmos surgió en paralelo al ser más perfecto que existe y al que, aunque nacimos derrotados, hemos jurado destruir o este nos devorará. Mientras, somos entretenimiento o una muleta emocional para gente desesperada. Somos una categoría rara de esclavos, yo por ejemplo sirvo a Ayazx, un monstruo que debo llamar padre, pero podría llamarlo enemigo, mi más perfecto enemigo.

Yo, n, como todos los niños-juguete, como vfogelfit, Elio, Enio o Amaru somos producto de una enclenque industria, una especie de juguetes humanos o personas mascota. La humanidad siempre modificó a los animales o a los androides para que se parecieran lo más posible a sus niños. Pero ya no hay niños de verdad, están prohibidos, por eso somos despectivamente llamados golem. Esos linajes de animales fueron modificados genéticamente de antiguo, generación tras generación para parecerse a la cría del Homo sapiens thecnesies. En nosotros el parecido es completo, pues somos hechos del mismo genoma humano. Cuando fue abolida la reproducción por la nueva trans-meta-corporación, la última humanidad exigió mascotas casi humanas. Los niños estaban prohibidos y nadie sabía cómo hacerlos en un mundo solo de hombres. Con la meta-corporación murió el poder de dar vida. Dada esa demanda del mercado las industrias que fabricaban mascotas compraron a la meta-corporación todos los embriones congelados que guardaban y de ellos nos hicieron. Pero solo los más deteriorados, los casi no humanos. Hay un mínimo de anti-entropía en un ser para que sea considerado vida, cuando la entropía, que otros llaman fealdad, carcome y conforma a un organismo ya no se le considera vida, solo una cosa. Nosotros estamos al borde y no por eso no podemos madurar. Eso fue terminantemente prohibido por Herakón. Por ello la meta-filosofía no nos considera personas, a lo más una categoría de seres inacabados. Humanos en potencia, nunca en acto, por lo tanto y dado nuestro incompleto desarrollo, no somos verdaderamente gente.

Con los años, como sucede con todas las mascotas, nuestros amos se aburren de nosotros, pasamos a ser simples esclavos o somos vendidos a otras parejas de eromenois, la mayoría hemos tenido ya muchos padres que, al poseernos, notan pronto que no éramos eso que deseaban, eso que desea toda vida; una copia de sí misma. Descubren que somos un embuste comercial, una estafa, una muleta necesaria pero odiosa. Los niños de verdad prometían eternidad a los mortales, los prostéticos no. Por eso, pronto nos aborrecen, pero mi padre no lo hizo. Desearía aburrirlo, ya no sueño con que un día me quiera. Algunos niños-juguete son simplemente liberados a su suerte que significa casi siempre la mendicidad o la tragedia. 

Algunos forman colonias o pandillas de niños cimarrones. La policía de la tras-meta-corporación los elimina eventualmente. Me siento hermano con todos ellos.

Pero hay algo que los humanos no saben de nosotros. Y que ocultamos a la perfección. Hay el rumor de que uno de nosotros alcanzo la madurez y nos liberará. Como todo esclavo aprendemos pronto a mentir, a ser ocultar en secreto y es fácil guardar secretos en este mundo de caos. Hay una muda complicidad entre nosotros. Sueños comunes a espaldas de nuestros amos humanos. Sé que en algunos sitios se reúnen niños-juguete, libres y esclavos. Yo no lo puedo afirmar, mi padre es severo y minucioso. Pero comparto con ellos la fe de “N”. Todos nos adherimos en secreto a esa religión. La religión de N. ¿De dónde surgió esta secta, una de las miles que enredan y enferman a la humanidad? La respuesta causal es de la desesperanza, de los anhelos vacíos del hombre. La respuesta factual nadie la sabe. Pero hay un mito que ofrece una explicación a su origen. Pero como todo mito está en términos poco realistas: se rumorea que el creador del Thecnetos dejo un embrión suyo, un ser más perfecto que él mismo y que el mítico Herakón, soberano absoluto o esclavo absoluto de esta última humanidad. Como todos, fue accidentalmente destinado a ser niño-juguete, el mito dice que él sí es capaz de madurar, y que le basta esa condición para ser un dios. Y como estos, es invisible. Dicen que anda en secreto por las estaciones y los planetas artificiales. También se dice que ha huido lejos del control de la trans-meta-corporación. Todos nos consideramos sus hermanos y hemos jurado servirle, incluso con la vida. Y también prometimos destruir al Thecnetos que es su enemigo. Desde nuestra pequeñez soñamos enfrentar a la humanidad, aunque no esperamos vencerla. El único afecto real que tengo, aunque estoy forzado a fingirlo con todos, es hacia N, N es amado por todos, y aunque no lo conocemos, lo esperamos. Por ello elegí para mí el nombre de “n” como muchos hacen, pues ese dios heroico y secreto es de algún modo todos nosotros, aunque seamos solo remedos mortales de su perfección divina y legendaria.

       Otros, una vez que consiguen su libertad lo buscan, pero corta es la vida de los niños-juguete una vez libres…

Llega Ayazx, mi terrible padre, sé que un día me destruirá, por eso no me deja libre, debo callar.



[1] A pesar de la comunidad inter-universal, la tras-meta-corporación se derrumba. Los humanos no quieren sacrificarse a la vida humana hipotética en una máquina y luchan contra el proyecto Thecnetos. Cayeron algunos poderosos zombis Heakantokeinos y la trans-meta-corporación se volvió lejana, pronto germinaron las revueltas, ahora es una corporación clandestina, según algunos, inexistente. La población había decidido vivir su última vida, no puede haber otra, pero un simulacro de continuidad era necesario, así nacieron las pobres instalaciones de la fábrica de niños montadas sobre los antiguos centros de androgénesis.

11 VIAJEROS DE LA ETERNIDAD: Mechanical Ecology

 



En el último planeta…

 

Si, un día el Thecnetos envió con su Emisario una rara carta y esta me hizo olvidar la contingencia de los días y de mi vida, pero también me hizo olvidar quien era. La esperanza en algo con mucho poder. Como dije, he visto el nacimiento de números seres humanos. Acaso ahora soy yo el nuevo Emisario de este Thecnetos naufragado. Todos mis recuerdos de M son conjeturas presentes, imágenes borradas del Emisario, de cosas que ya no ocurren en ningún lado, quizás la conciencia no sea como pensaba antes algo más allá de la 4ta dimensión, sino, algo sin dimensión. Nada. Si el vacío pudiera estar lleno, lo estaría de ti. Nada es más importante que la nada que dejaste. Cosa rara, descubrí que la nada importa más que el ser.

       El Thecnetos, mítico e infinito se está agusanando, lo puedo sentir. En él, nació un día un guerrero, fuerte y sólido. Cálido y bueno, parió además toda una humanidad, pero ahora el Thecnetos está estéril, y no termina de morirse, pero tampoco está vivo. El atardecer final del cosmos siempre está a mis espaldas; un cosmos que ya no importa. La noche pensaba en ti, tu mirada inocente y tus fuertes formas como las de una ladera rocosa, en tu mirada terrible como esas cordilleras filosas que pelean día y noche con las tormentas, en tus ojos estaba todo el salvajismo y belleza de esas tierras heladas, que ningún hombre recorrió. Pero en ellas, dormido y solo moro ahora, habito esa mirada. Debo decirte quien soy y debes saber quién eres, antes de que seas, como el mundo, un pensamiento desvaneciéndose en este extenso horizonte de olvido, que llamamos último planeta. Morir juntos viendo este infinito atardecer es toda la forma de mi esperanza.

10 LA GUERRA CONTRA LOS HUMANOS: Los sueños olvidados son un lugar esperándonos inútilmente.

 


13,8 billones de años después del inicio del universo y dentro de un sueño

 

En un lugar igualmente remoto del pasado, el amnésico eracom sueña, los sueños aun siendo inmateriales son parte del universo real, esta era uno que recurrentemente lo asaltaba:

Cae desde muy alto una lluvia sobre una ciudad de metal, desde hace miles de años. Una figura borrosa por el agua camina hasta un colosal y alto muro, detrás de este, una gran máquina agusanada de hombres esforzándose sin descanso en hacerla funcionar. Pasan los milenios, los hombres caen y son olvidados pero la gran máquina y la lluvia siguen. El alto y monótono muro solo tiene a sus pies una única y pequeña puerta.

De ella sale con dificultad un hombre grande y cansado, eMe. Se une a la primera figura y juntos buscan un lugar resguardado de la incansable lluvia, que lleva una eternidad cayendo. Pero el tiempo para ellos es breve. Ele ha traído algo, pero, a pesar del frío reinante, tibio. Comen en una íntima convivencia. El tiempo corre siempre tan aprisa. Ya Eme se mete de nuevo a la gran máquina. Pero Ele volverá mañana, esos minutos felices ablandan la dureza de los demás minutos, uno a solas del otro. Ni la lluvia eterna, ni el frío casi absoluto del universo girando en rededor pueden borrar la tibieza de esos minutos.

 

eracom despierta desasosegado, una vez más había soñado con esos dos personajes. Y él era uno de ellos.

9 VIAJEROS DE LA ETERNIDAD: El Amor es un hueco que se quiere llenar.

 

 


Trillones de años en el futuro…

 

Ahí, en las alturas multidimencionales, donde yo era el mismo Thecnetos estaba separado de lo que una vez amé y que me hizo volver a nacer. Desde aquel lugar remoto donde no hay tiempo ni espacio regresé. Desde donde solo lo eterno e incorruptible existe, desde la misma belleza y verdad inmaculada caí por ti. Desde las alturas de lo eternamente inmóvil, de eso que solo sus sombras, nosotros, se mueven, devienen, nacen y mueren, rodé y me corrompí, bajé a ser la sombra de la sombra de ese ser que mora en la inmaculada eternidad. Fui arrojado del Thecnetos otra vez al mundo pues la eternidad perfecta estaba vacía de lo que yo amaba. De ti. ¿Y para que te necesitaba? casi no lo sabía, lo recordaré al encontrarte. 

Deje soñando al Thecnetos ya libre de mí. Y fui libre otra vez y este se perdió quizás de sí mismo. Como un barco que surca errante la meta-dimencionalidad del ser, se fue alejando y hundiendo en las alturas meta-dimensionales. No sabía que el sueño del Thecnetos encerraba también una pesadilla. Un mal sueño que yo debía soñar antes de alcanzarte. Emergí trabajosamente a la superficie y luego abandoné las ruinas del Oceanus. Por estos paisajes extremos de soledad, comencé a buscarte, pero nunca olvidé la invitación que la eternidad me hizo en su seno, ser otro L. Ser un dios. Olvidé pronto, la tentación de ser uno con él y ser de algún modo lo que fue mi enemigo: el Thecnos-Herakom, un guardián abstracto del este dios vacío, de esta infinita inteligencia sin mente que llamamos Thecnetos. Y he aquí, no lo sospechaba, que ya han pasado cientos de años y sigo en este lento atardecer del mundo; uno que empezó con un estruendo y ahora se pierde en un susurro. Un susurro que se confunde con los ecos de tu voz en lo lejano de mis recuerdos.

Creí que te alcanzaría inmediatamente. Pero pronto descubrí que buscaba en un laberinto y siempre regresaba, como en un círculo, a mi soledad. Con los siglos se me ha ido desdibujando la esperanza. Las cartas, el amor, ¿Qué eran realmente? De eso ya hace tanto tiempo. También he notado que el Thecnetos se muere bajo mis pies, pero es un ente tan enorme que demorará siglos en morir, no sé si yo muera primero y él quede a solas, o él muera primero y yo cuide su solitaria agonía, sea antes o después con él acabaremos todos, los que fuimos recuerdos abstractos de una humanidad, pasaremos a ser artificial olvido, seremos la nada misma, sin interior ni exterior, sin relación a ninguna cosa, sin ubicación ni duración.

Pero antes de cualquiera de esos desenlaces yo he de encontrarte. Mas no sé cómo lograrlo sino solo andado y andando. El Thecnetos se retuerce en sus interiores, se le abren grietas que forman profundos abismos artificiales entre los desiertos, mostrando los terribles engranajes del mundo. El Oceanus y el desierto se confunden y parten, pero en todas partes está la dura falta de M, que me espera o acaso también me busca. O acaso también me olvida. ¡Por qué el mundo habrá de ser tan grande! En su despedida, el Thecnetos exhibe una noble clama, una estoica indiferencia.

Las formas siempre cambian en este mundo aunque muy lentamente, por lo tanto el ser mismo no tiene forma, estas se pierden pero el ser sigue. Las cosas son solo un incidente de su eterna metamorfosis. Y el Emisario ¿también habrá cambiado? y yo ¿seré reconocido si acaso lo encuentre? O ya es tan distinto y yo tan otro que aun cruzándonos no nos habremos de reconocer. Acaso yo ya desaparecí y solo queda el Thecnetos y yo soy solo uno de sus desvariados sueños informes, buscando y buscando lo que ya no existe.    

Las cosas son el modo en que el ser se presenta en el tiempo, no solo yo caí desde la eternidad para envejecer y morir, también el cosmos fue una vez puro y ordenado y de repente empezó a degenerar[1] y de su lenta muerte, de ese desorden, cada vez mayor que llamamos tiempo surgió la vida, los humanos y este planeta. Como los gusanos nacen de los cadáveres, somos hijos de la muerte del cosmos. Comiendo el desorden de un universo expulsado de un paraíso meta-dimensional perdido, exiliado del multiverso que lo engendró y expulsó, acaso por un grave pecado.

¿Quién soy si ya no soy L?, ¿Quién nació realmente? Si mi molécula germinal era la misma que la de Herakón, ¿acaso no nació él? y acaso, aunque muerto, ¿no podría un día, si me descuido, nacer de nuevo en mí?

No importa, soy, siempre, ausencia de ti.  Y por eso soy yo. Una ausencia que me urge. El amor es pues un hueco que se quiere llenar.

El tiempo, tantas veces diluido, se le escapa al mundo, se escurre por las grietas mismas del ser. Indiferentes, las ruinas y los desiertos me ven buscarte y los últimos susurros de lucidez de mi mente murmuran que me miento a mí mismo. Que en el fondo sé que ya no estas. Que no es posible que estés. Muerto el Thecnetos, muerto el Theknos-Herakón este mundo solo deviene caóticamente, rumbo a cualquier parte. M ya no puede ser un Emisario y debe haber muerto por ello. Pero yo persisto, mi inteligencia persiste y no siente pena por mi inconmensurable frustración. No sé si mi inteligencia es esclava o tirana de mi corazón. Pero a veces no quisiera ser marioneta de ninguna de ellas, y solo deseo deambular sin objetivo, esas veces es cuando más lejos estoy de ti, pero vuelvo pronto a ese ningún lugar que es la esperanza. Los siglos giran sobre sus inertes criaturas, me perforan, secan mis sueños, ahora, cerca de ser completamente lúcido de mi fracaso, solo ando para apresurar el desgaste del mundo. Pero pocas cosas son más duras e indestructibles que la esperanza, por pequeña que esta sea. Y pensar que rechacé la eternidad para buscarte y para salvar a esta humanidad hipotética. Lo haría mil veces, por sentir como sentí antes, esa ternura carnal que los dioses no conocen, por tus ojos, que encerraban un universo o que al cerrarlos, lo negaban. Por eso que juntos formábamos que ya no era ni M ni L, acaso era eso que completo, era más que la suma de dos minúsculos hombres: un infinito dios.

Los primeros años lo sospechaba: M debe haber desaparecido y no queda suficiente tiempo para que nazca de nuevo en esos juegos de azar del Thecnetos, que aún hace nacer de vez en vez hombres, pero ya no los sustenta pues los mekhanes son inservibles. Así he visto y acompañado a los nuevos hijos del Thecnetos nacer y morir en el mismo día. Yo he sido el ángel de esos hombres de un solo día de vida, nacidos sin destino y acompaño su veloz muerte. Algunos escucharon desconcertados la historia del mundo antes de dormir de nuevo. Otros recordaban precariamente haber sido otros. En esas breves horas yo viví para que tengan idea de lo que es el mundo y con ese trabajo yo recordaba también quien era yo y para que había vuelto a nacer. 

Pero después de unos siglos el Thecnetos ya no parió más hombres y me supe otra vez solo. Esta vez completamente solo. Único tripulante de los últimos tramos del tiempo de un universo que se jacto de tener millones de mundos y trillones de años para malgastar y ahora era un pensamiento, una minúscula ausencia lejos ya de lo que una vez fue.

Este unánime atardecer se hace más y más oscuro y el tiempo se hace más delgado y frágil.

Así que esta era la vida eterna, pues también la eternidad llega a su fin. Pero entre la oscuridad cada vez más espesa yo todavía te busco.



[1] El tiempo es aumento de entropía o desorden, por eso podemos coludir que, en su origen, el universo era orden infinito. El bigbag significo entonces el comienzo de la degeneración del universo. Su meta: el desorden total.

jueves, 11 de agosto de 2022

8 LA GUERRA CONTRA LOS HUMANOS: El otro enemigo.

 


Créditos ilustración: Modificación de Gears of Wars.

 

Un trillón de años antes…

 

—Dijo el otro ejecutado que eres un nuevo tipo de enemigo, te veo ordinario —dijo Padre.

—Son una especie ciega. Sus ojos han degenerado, y más su mente, son menos que humanos, ¿Quién los salvara?

—¿Quién eres?

—Soy cualquiera, un hombre como todos, somos más parecidos de lo que cree, es un horror saber que tu enemigo es igual ti ¿verdad? Es un poco ser enemigo de ti mismo. Y en lo profundo, siempre el enemigo somos nosotros mismos ¿Quién más si no nos puede hacer tanto daño?

Padre escupió al suelo y escucho inquieto frunciendo las cejas.

—Puede matarme. La vida no importa realmente para mí. ¿Cuánto tiempo tengo?

—Solo esta tarde.

—Me basta una hora. No quiero más. Me conforta charlar de temas abstractos… Es lo único real.

— ¿Crees en la vida después de la muerte? —preguntó Phratede.

—No. Ni siquiera creo en la vida antes de la muerte.

—¿Crees como los heréticos solo en la vida del individuo?

—Tampoco. Creo en algo mejor. Mejor dicho, más verdadero. No hace falta ni que me ejecuten, tengo en mi cerebro una capsula de veneno, la puedo hacer efectiva a voluntad, una vez termine la charla me suicidaré, y ni siquiera necesito la capsula.

—No habrá tal charla, —dijo Phratede a Padre, el diacono Anthonio ordeno capturarlo, pero una vez inmovilizado llevarlo a la central de dogma y no hablar con él. Debemos impedir también que se suicide.

—¿Porque no usaste tu capsula al ser capturado? —dijo Padre

—Mi misión es hablarle a Ud. vengo a salvarlo de Ud. mismo, pero no permitiré que el diácono Anthonio me escuche, él es el que los pierde. Antes de mi suicido tenía curiosidad de verlo. No exactamente por Ud, que no importa mucho, pero si por su hijo. Por eso esperé. Ud. es no es quien me interroga, sino yo a Ud.

       Padre estaba reventando de cólera, pero se confundió, él no tenía más parientes que Phratede que no era exactamente un pariente sanguíneo. 

—No es humano, déjelo —dijo Phratede hastiado y abrumado.

—No. Ni siquiera soy un ser vivo. Por eso no pueden matarme en estricto senso. Soy un organismo abiótico. Y Uds. son una especie tan degenerada que tampoco son seres vivos. Estamos en los dos extremos opuestos de la vida y enemigos de ella. Por eso la vida es su dios, para esconder cuan vacíos están de ella.

—Mátelo, las órdenes eran no interactuar con él —

dijo Phratede que sabía que Padre si tenía un pariente. ¿Cómo aquel personaje lo sabía también?

—No podemos —dijo Padre.

—Lo haré yo mismo. Al acabar la hora. No pueden ganar la guerra entre otras cosas porque temen a la muerte. No es mi caso, nadie puede vencerme con lo que no temo.

—Salgan todos —dijo Padre.

—Los sacerdotes prohibieron que lo interrogara —dijo Phratede.

—Ellos no pelean esta guerra, déjenme con él.

       Todos salieron, afuera Phratede releyó el informe de estadísticos, sobre una redada en sector norte. Eso podía explicar eso del pariente de Padre. ¿Pero cómo el contra-espía lo supo? Los estadísticos recién lo habían descubierto. Se lo comunicaría después. La familia que Phratede nunca pudo completar con Padre ahora era posible. Dentro, Padre quedo a solas con el prisionero y lo escuchó toda esa tarde. Nadie supo que se dijeron. Solo quedaba callar. No quiso compartir ni con su eromenos todo lo que supo ese día. Solo que era cierto lo que rumoreaban ambos ejércitos: el dios se moría.

Terminada la conversación el prisionero se sentó delante de Padre. Ambos se miraron como unidos por una causa común o la conciencia común de una gran tragedia. Así se supieron mutuamente por varios minutos uno al otro, como dos espejos enfrentados.

Revelada su verdad, el prisionero se acomodó con calma y tranquilidad, como si hiciera algo doméstico e intrascendente. Luego el prisionero hizo un gesto con su mandíbula, cerrando los ojos por el esfuerzo. Había mordido su lengua desde la base, un chorro generoso y rojo broto dejándolo pálido en pocos segundos. Padre lo dejo hacer. La sangre salió de su cuerpo toscamente hasta dejarlo casi vacío. Cambio de color y su cuerpo se paralizó, pero aún sus dedos se movían algo. Luego suavemente su cuerpo se enfrió totalmente. 

Sus últimas palabras, que no comentó a Phratede, habían horrorizado a Padre:

—Su hijo tampoco es un ser vivo…