Un trillón de años después…
n
sí había escuchado profundamente a Petrock,
necesitaba una misión, en realidad la tenía, enterraba muy dentro, un objetivo,
un deseo, aunque no claro, no había tenido ninguna meta hasta ese día de su
vida, y torpemente imaginó la más grande de todas. Para empezar a hacerlo
realidad escapó, solo sería un día, pero requería desobedecer a Ayazx, hacerlo le pareció algo
imposible. Como había pactado
antes se reunió con Elio, con fvogelfit y con Amaru, Enio siempre atrás atado a la cuerda. Estos lo acompañaron
un tramo, pero no sabían el verdadero plan, ni n lo comprendía. Por la oscuridad sus pasos ya se
acercaban poco a poco al enemigo: el Castillo de Metal, n no tenía un plan
claro, pero si un profundo deseo en su corazón, matar al Thecnetos, y ser libre
como decía Petrock… empezar a dejar
de ser una cosa, pero ¿Cómo? ¿Qué era ser libre? primero quería ver la cara del
enemigo, ningún niño-juguete había entrado al Castillo de Metal, solo hablaban
y soñaban con él, pero él debía conocerlo, no sabía que cada paso que daba lo
daba también su perseguidor.
Los pasos finales hasta el Castillo de Metal eran por una especie
arenas blancas y puras, totalmente vacías y que rodeaban al edificio y lo
separaban de la ciudadela de Amil Urep, en la oscuridad helada no se
podía ver su blancura, pero si su incomodo silencio. Desde esa explana podían
ver la terrible fortificación, cuyas altas puntas arañaban las altas nubes,
haciendo un terrorífico ruido como un sordo trueno. Al verlo de cerca un horror
apretó el corazón de los niños juguete, toda la consternación de la muerte
estaba ahí, terribles ruidos los hacían retumbar, miles de entradas lo
agujereaban como a una cosa enferma y por ellas presentía escenas de esclavitud
y de melancolía, un permanente grito de horror se abrazaba a sus frías
ampulosidades metálicas, y resbalaba por su indiferencia mortal. A pesar de
todo, la belleza de ese castillo los sedujo y los asustó, en su centro, un
monstruo crecía, tan abstracto como el agujero negro que criaba, y que esperaba
despertar para matar a la humanidad, el Thecnetos. n tembló, ante aquel
infierno artificial de triste belleza. Sus enclenques piernas temblaban, y sus
pequeños pulmones se vaciaban de aire, pero se dio valor. Iría solo, los demás
esperarían, siendo pequeño pudo esconderse y avanzar, ya pisaba jadeando de
miedo las entrañas del monstruo: una caótica colmena humana, oculto, veía desde
el piso las piernas hercúleas y toscas de los guerreros, que pisaban enérgicas,
y vio a los Thaumasios ciegos y medio
artificiales en sus elegantes trajes, rodeado siempre de pequeños y numerosos
servidores, unos humanos y otros mecánicos, seguía avanzando, ese monstruo era
el culpable de que los niños sean solo niños y de que los hombres fueran solo hombres.
De que él fuera solo un golem, y acaso de su propia vida tan injusta. Se
llenó de impotente rencor infantil.
Vio cargamentos de muchedumbres, sacrificios para la gran máquina,
el Thecnetos devoraba anti-entropía y nada tenía más anti-entropía que la vida,
dado que casi solo había vida humana esta era el mejor combustible. Había otra
raza, unos pequeños funcionarios, hombres robustos pero chicos, sus rostros no
eran muy inteligentes, pero eran más ágiles que los aparatosos guerreros que
los triplicaban en tamaño, corrían entre las piernas de estos gigantes, y rodeaban
a los Thaumasios, jalonándolos y
sirviéndoles, eran sus obreros, pero estos estaban también a su merced, no eran
amos, sino otra forma sofisticada de esclavos. Como las hormigas reinas
tironeadas y forzadas de aquí a allá por toscas obreras, hasta que un día, al
llegar a ser inútiles, eran muertas por estas sin ninguna piedad o respeto por
su anterior superioridad
Uno de esos Taumasios, Orf, rodeado de sofisticado lujo tecnológico, miró de
lejos a n, hubo cierta confusión en el mismo desorden, nunca habían visto de
cerca a un niño-juguete, así de aislados y esclavizados estaban en el Castillo
de Metal… el caso era que lo habían descubierto, quizás podría volver, ya lo
anhelaba desesperado, pero los pequeños funcionarios ya lo rodeaban. Un gigante
bestial se acercó llamado por ellos, su uniforme hecho de hierro, era rebasado
por músculos enormes, su cuello, entrevisto entre el metal era del grosor de su
misma cabeza tosca y grande, y con una mano más grande que la cabeza de n lo
agarró. Entre sus manos sintió el mismo miedo que en manos de su padre Ayazx, solo por eso no gritó. Pero en el caos apareció, un funcionario
humano, a pesar de su precario aspecto tenía autoridad sobre esas dos razas
inferiores. Era Farman.
—Déjelo bruto. Es propiedad de uno de mis escoltas.
La bestia humana hecha de carne gruño, y n no supo si ese era el idioma
primitivo de esa raza proto-humana a la que su padre también pertenecía. A
pesar de las protestas Farman pudo
poner a n a salvo, en el caos que reinaba dentro del castillo de metal, no
causo mucha sorpresa, y todo continuó, que raro, n había creído que acá era
todo orden y jerarquía, pero era una torre de Babel, un desorden, un caos, pero
el caos funcionaba y el Thecnetos crecía.
Farman lo fue jalando hasta la salida del Castillo de Metal, n notó que Farman estaba
más nervioso que él, sus dientes amarillos y largos rechinaban, y sus ojos
detrás de gruesos vidrios brillaban preocupados
—No
sé qué haces acá, pero debes irte. Este es un infierno. Eres afortunado de ser un niño-esclavo y no
un adulto esclavo.
Puso a n delante de la arena que rodeaba la ciudadela que él nunca
había pisado.
—Sabes cómo regresar ¿no?
—¿Quién es Ud.?
—Soy
solo un burócrata… Tu eres un hijo de los guerreros. Está prohibido que los
traigan. Hay un mito sobre ellos.
—Que
uno de nosotros podrá matar al Thecnetos.
—Eres
inocente, el Thecnetos ni siquiera tiene cuerpo físico para matarlo. No es cosa
ni persona, es una singularidad, un monstruo relativista, una abstracción, pero
es real, no como esa leyenda.
—Que
algo sea abstracto no significa que sea irreal ¿también Ud. conoce esa leyenda?
—dijo n
asombrado de su propia locuacidad.
—Acá
sabemos todas las verdades y todas las mentiras. Dime de que guerrero eres hijo
y te reuniré con él. Pero será castigado.
—Él
no trabaja acá
—¿Has
venido solo?
—Sí,
necesitaba saber que es el Thecnetos
—Te
lo diré, básicamente es muerte, de hecho, acabará con todos muy pronto. No
conozco la ciudad, si hubiera algo que pudiera detenerlo quizás sería nuestra
esperanza.
—N,
él lo destruirá.
—N
no existe, son solo deseos, como los de un enamorado no correspondido. Solo los
guerreros tendrían la fuerza contra la trans-meta-corporación.
—Ud.
debería contarles
—¿Cómo
te llamas?
—n,
gracias por salvarme Farman.
—No
servirá de nada. ¿Cómo sabes mi nombre?…
N no sabía cómo es que lo sabía y emprendió camino de regreso, no
encontró a sus amigos, algo los había espantado, eran leales y no lo dejarían
sin una razón, a medio camino a casa se encontraría con quien lo había seguido,
su terrible padre. Que le daría un castigo cruento. Como les dio a sus
cómplices. Había llegado por fin del día que tanto temía.
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